Se llevó su perfume.
No porque quisiera usarlo. Estaba vacío y la tapa un poco rota.
Pero en su intento de aferrarse a un sentimiento ya casi inexistente, ya casi inexplorado, arraigado a ese sentir tan poco efímero que guardaban, se lo llevó.
Años después, luego de incontables mudanzas y platos rotos, lo encontró en una caja pequeña con una etiqueta, grande para su contenedor, que decía “misceláneo”.
El perfume había perdido su tapa, por supuesto, y no dudó en llevárselo a la nariz.
Ahí estaba ese olor, tan suyo y tan de nadie.
Lo guardó en la maleta que se llevaba de viaje y recordó por qué se había quedado con el perfume en primer lugar.
Por esa manera de hacerla sonreír, tan suya y tan de nadie.

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