Liviana, liviana

He tenido la semana más improductiva de mi vida, y no sé cómo sentirme al respecto.

La dejé pasar sin impedimentos, y ahora, 7 días. 168 horas. 10800 minutos después, observo lo mal que he planificado mi vida los últimos meses, años.

Me acogía la idea que en plena pandemia no se puede hacer mucho y dejé mis planes en una larga pausa que ha perdido el botón de continuar.

Ahora se siente ridículo todo este asunto.

Me acostumbré a la pausa, dejé mis planes para después, y viví cada día como si algo emocionante aguardara.

Tan anclada que se deja engañar, tan liviana que sabe reír.

Tan anclada que ya ni puede escribir, tan liviana que sabe sonreír.

Me siento un poco culpable, siempre pensé que al tener una semana libre terminaría los muchos pendientes que me esperan además del trabajo. Pero no, los observé y los dejé pasar.

Tal vez mi mayor pendiente era no tener pendientes.

Los cajones de mi cuarto siguen guardando el desorden acumulado, las botellas de mi colección siguen acumulando polvo, parece que voy a necesitar levantar un poco más mi cama.

Hace mucho tiempo no pasaba tiempo conmigo, quizá desde Colombia.

En Bogotá me dedicaba a pensar. No tenía trabajo y mis clases eran con suerte 3 veces a la semana, un par de horas, nada muy significativo. Entonces salía a caminar, tomaba alguna cerveza en algún BBC, me compraba un buñuelo en la séptima y observaba la lluvia, iba al cine o al teatro, no había ningún apuro ni pendiente. No había pandemia a la vista.

Casi un año después de caer en el encierro y el miedo, di positivo al COVID.

Aún no logro descifrar dónde, tal vez bajé la guardia.

Liviana, liviana, déjalo pasar.

El dolor de cabeza fue fatal los primeros días, tenía esta presión sobre los párpados de mis ojos, y dos placas gruesas de metal aplastaban mis oídos. Luego llegó la fiebre y un dolor en el pecho muy distinto a otros que he tenido a causa del asma.

Mis síntomas fueron leves a comparación de las millones de personas que pasaban por lo mismo, justo ahora, en todo el mundo. Me metí en cama y no salí por 6 días. Dormí como no lo he hecho los últimos años y tuve de gran compañía casi 6 temporadas de una serie que mi hermana siempre quizo que vea.

Perdí el gusto, perdí la fiebre y terminé un libro que venía aplazando desde febrero.

Y finalmente, luego de tanto tiempo conmigo misma, descubrí que a mis 26 años no tengo planes futuros. La incertidumbre me agobia y no puedo hacer nada al respecto, mañana seguiré no teniendo planes.

Y en medio de esta inservible lucha, Rodrigo se hizo a un costado. Perdí, por un tiempo, a mi compañero, a mi mejor amigo, justo cuando más parecía necesitarlo.

Escribirle se ha vuelto muy complejo, tan complejo que trae de vuelta ese insoportable dolor de cabeza, tan complejo y tan liviano.

Liviana, liviana, suelta y deja amar.

Cuenta tu Historia