El tío Macarena y el alma calata

Mi hermana, aunque no lo quiera aceptar, siguió jugando Barbies conmigo aún cuando sus amigas dejaron de hacerlo.

Recuerdo la casa de mi infancia, y las incontables veces que nos apropiamos del espacio para convertirlo en la locación de nuestras historias. En ese entonces, teníamos solo un ken, cómo era debido, y todas las Barbies se morían por él. Era moreno y musculoso, por supuesto que morían por él.

Miento. Teníamos 2 kenes. El moreno y luego otro no tan moreno que, gracias a que una vez lo dejamos todo el día bajo el sol, en nuestra piscina, una de esas que se armaban con tubos de plástico, el pobre se había decolorado tanto que parecía albino.

Pero volvamos a los inicios.

La primera parejita con la que empezamos a crear interminables historias eran “el alma calata” y “el tío Macarena”. La explicación de sus nombres es muy simple. El alma calata era una barbie que, por alguna razón que siempre he desconocido, se había quedado sin cuerpo, entonces básicamente era la cabeza de una barbie rubia, porque todas en esos tiempos solían ser rubias, que manipulábamos a nuestro gusto. Y el tío Macarena era un supuesto ken, bien feo por cierto, que tenía el cuerpo como una malagua. De alguna forma habíamos relacionado el baile de “La Macarena” a un cuerpo flácido y hábil para bailar.

No se qué pasó con ellos dos, seguramente los cambiamos por las Barbies rubias y los kenes morenos y decolorados.

Nos pasábamos horas jugando, creando historias, creando ciudades en nuestra casa.

No le vayas a contar a mis amigas que sigo jugando contigo a las Barbies – me había dicho alguna vez mientras jugábamos.

Teníamos un barco y un avión que, además de hermosos y sofisticados, eran piezas importantísimas en las vidas que creábamos. Tampoco se se habrá pasado con ellos.

Hace poco, hablando con mi papá sobre unos temas de esa casa, empecé a recordar cada parte de ella, desde la entrada, el patio, el caminito, el cuarto de la mamanita, la sala enorme, o al menos así era cómo la veía. En esa sala vi una vez a un hombre sentado, por cierto. Ese día fue rarísimo.

Apenas vi la silueta de este hombre sin rostro, corrí hacia las escaleras para buscar a mi mamá. No podía gritar, y cuando llegué a ella, no podía explicarle qué era lo que había visto exactamente.

Luego vi a más supuestos fantasmas en la cocina y cerca a mi cuarto. Hasta ahora no me queda claro si eran invenciones mías o si realmente “veía gente muerta” como Cole Sear en Sexto Sentido.

En fin, no nos desviemos del tema, nuevamente.

Eventualmente, mi hermana y yo dejamos de jugar Barbies juntas. Es el ciclo de la vida. Un día eres niño, niña o niñe y te gusta jugar con muñecas, y al otro ya no sabes ni qué historia inventar y te preguntas cómo lograbas pasar horas dándole vida a esos objetos inanimados.

En ese entonces no nos dimos cuenta. El desapego fue muy sutil.

Primero se alejó ella y yo cambié las Barbies por jugar a la tiendita y vender todo tipo de cosas en el hall del segundo piso. Al inicio, eran frutas y verduras de plástico, pero luego vendíamos de todo. Utilizábamos los billetes falsos de algún monopolio incompleto y hasta teníamos una caja registradora. He de admitir que lo extraño. Y mucho.

Pero cómo he dicho, el cambio fue muy sutil. Los años pasan, los gustos y prioridades cambian. Los niños dejan de ser niños. Y entonces, un día nos chocó: nuestra hermanita menor quería jugar con nosotras a las Barbies, y no teníamos idea de cómo hacerlo.

De pronto, sostener una muñeca y darle voz y movimiento resultaba un poco tonto. Yo, que después que mi hermana decidiera que era el momento de dejar de jugar conmigo, me las había ingeniado para jugar por mi cuenta, no podía entender cómo era el procedimiento para jugar muñecas.

Qué feo es crecer – me había dicho un día mi hermana por whatsapp, mientras recordábamos al tío Macarena y el alma calata.

Y sí, es bien feo.

Pero nos quedan los recuerdos, las risas, y esas largas horas de crear el tren de la ciudad, que conectaba cada casita de cada una de las 5 kelly’s, las hijas de las barbies, que andaban correteando al rayancito, el hijo del ken, el único que había, para no perder la costumbre.

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