Entonces partimos muy temprano hacia la frontera.
Peleamos antes de salir de la casa.
Pero igual salimos, y el tiempo hasta llegar a la frontera se hizo eterno, claro, gracias a nuestras alteraciones combinadas como agua y aceite si, no se me ocurre una comparación mas creativa.
Él con su poca paciencia, y yo, intentando lidiar con un fracaso amoroso más a la lista.
Igual, seguimos siendo lo mismo el uno para el otro, las cosas no pueden empeorar más de ese silencio amargo y frío.
Llegamos a Arica.
Me prometí, con aquella, una de mis mejores amigas que pasaba por una situación de reinicio similar, que no íbamos a pensar en ellos durante el viaje.
Fallamos, supongo.
Ambas estábamos dejando atrás una mitad de año muy confusa, con finales confusos, y encuentros furtivos en nuestra imaginación compartida.
Estancadas, parcialmente, en nuestros más profundos deseos.
¿De qué?
De que lo que sea que vivimos, cada una por nuestra cuenta y manera, no sea del todo cierto, quizás.
o quizás también de todo este rollo que implicaba volver.
Llegamos a Santiago, tomamos vino, y nos pusimos a perder el tiempo viendo perfiles de chicos con los que nunca saldríamos.
Y de pausa en pausa, y unas cuantas copas más, volvíamos inevitablemente a ellos.
Hoy, esos entonces se sienten más y más lejanos, hasta chistosos.
– ¿Parecía eterno no? – le digo mientras contemplamos la vida, con otras copas de vino, en otra estación, en otro año.
– Pues sí – me mira, levanta la copa y termina de vaciar la copa – hasta me jode un poco que me haya tenido que sentir tan mal por alguien así.
– Es parte de – sonrío – estamos donde tenemos que estar.
