Empezó a pensarlo más que antes, quizás incluso, más que al comienzo.
Empezó a verlo en cosas insignificantes, un clavo, por ejemplo.
Entonces recordó cuando empezó a expresar su enojo hacia él a través de la reacción más estúpida e ilógica que alguien pueda elegir: hacer lo que a él le jodía que ella haga, osea, fumar.
Se dedicó a fumar en su habitación.
Al despertar, al irse a dormir, mientras leía/estudiaba/veía la vida pasar/entre otras muchas situaciones de su día a día.
¿Es complicado cuando llegas a acostumbrarte a que una persona sea parte de tu día a día no?
Y luchamos contra eso: el bendito proceso del desapego.
Lo aconsejamos pero nos resulta difícil aplicarlo en nosotros.
Lo observamos en relaciones ajenas y, hasta lo detestamos.
Pero, a veces resulta inevitable volver a ello.
¿Pero porqué fumar?
Su perfume/esencia la transportaba a días enteros en la cama.
Su presencia, su estúpida presencia que la provocaba, que la hería.
…
– Ya no hiere, se ha convertido en una patética falta/ausencia – le dice a su amiga – es solo una falta, y fin.
– Sin embargo – responde la amiga – son límites muy delgados los que tienen la falta y la necesidad. Incluso, pueden llegar a no cumplir su trabajo.
– Se complementan, se excluyen – respondió, queriendo ser parte de su monólogo, de su cátedra de sus muchas y variadas recaídas en el recuerdo/nostalgia – Son mucho de pocas cosas, y viceversa.
– Ya empezaste a enredarte en tus ideas – me dice girando los ojos.
Reímos.
– Bueno, ya – digo – conclusión: lo que extraño del tipo es la idea de él.
– Eso está más decente.
– De ese sujeto que creí conocer, ese presunto amor, muy débil para existir, muy superficial para durar…
Silencio.
Claro, probablemente su conclusión le recordó a alguna experiencia pasada, y es que, sin ánimos de meternos a todos en un mismo saco… ¿quién no ha tenido una de esas frustraciones disfrazadas de amores?
Silencio.
– Y bueno, aún así ¿lo intentábamos no? – concluyó decepcionada de sí misma.
