Mamá gallina y sus pollitos

2–4 minutos

To read

Porque el amor llega cuando menos lo esperas, y de la forma más real posible

17:43. Parque de la amistad. Surco.

¡Jeffrey, Jordan, Angely no corran!
Carla, cuida a tu hermano porfa. – le digo apenas mirándola.

Los niños se fueron corriendo.

Intenté seguirles el paso, sin correr.

Empecé a sudar un poco.

El calor, los nervios.

Carla estaba a mi costado con Diego.

Se cuidaban.

Pero Jordan no cuidaba de Jeffrey.

Parecían de la misma edad.

Angely dejó de correr y se colgó de mi brazo.

Reí y le di un gran beso en la mejilla.

Sonriendo mucho, muchísimo.

Pausa.

¿Qué hacia yo con 5 niños en el parque de la amistad, casi a las 6 de la tarde, un sábado de verano?

¿Qué hacía yo con niños?

Quizás deba reformular el cuestionamiento existencial.

¿En qué momento empezaron a agradarme los niños?

¿En qué momento empecé a sonreír, y no por cumplir, ante esas caritas bellas y chiquitas, emocionadas ante la simple idea de ir a pasear al parque?

A revolcarse en los montes verdes,

A ver a los patos.

A comer algodón de azúcar.

Al simple hecho de correr por ahí, libres, felices.

Su felicidad me llenaba de la misma.

Una más madura y cuidadosa, pero la misma, en amplios términos.

¿Donde quedó mi poco afecto hacia ellos?

¿Mi incomodidad al no saber cómo actuar amablemente y que me quieran?

Claro, no ellos precisamente.

A los niños en general.

Pequeños terremotos que escapan un poco de mi control.

Cuando en realidad, aquel día, tenía todo bastante controlado.

Bastaba gritar sus nombres y se pegaban a mi cuál langostas.

Miss, ¿Podemos quedarnos un ratito más? – me dice Diego.

Veo la hora.

Veo sus caras ansiosas, esperanzadas.

Veo la hora.

5 minutos más chiquis. ¡No se alejen mucho! – digo riendo.

Se van corriendo.

Y me quedo pegada un ratito, quizás pensando, lo mucho que los quiero.

Y lo bien que se siente eso.

Pausa.

No pasan ni dos minutos y me llaman.

Tengo que comprar la torta para Jherson y esperar en el paradero.

Están en Velazco Astete.

Mierda.

¡Chicos nos vamos! – gritó mientras los busco rápidamente con la mirada y les hago señas de «vengan al toque porque estamos tarde»

Y vienen corriendo, y nos vamos todos corriendo.

Ellos adelante.

Y yo pidiendo disculpas a algunas personas que habían sido, ligeramente, empujadas por la desesperación del asunto.

Y corrimos al grifo.

Saqué un keke y una vela.

Lo siento Jherson, no había torta.

Ellos pegados a mi, pero yo siempre contando en caso de me olvide uno.

Como si no fuera raro que se me olviden las cosas, en este caso, niños.

 Y volvimos a correr al paradero.

Riéndonos mucho, muchísimo.

Y fui feliz.

Ahí, en medio del desorden y las risas.

En medio de estos niños y su capacidad de olvidarse un poco de la situación en la que viven.

Y solo apreciar y agradecer estos pequeños momentos que tienen, de salir de sus casas, 

De la suciedad, los chanchos, las muchas escaleras y ciertos olores.

Y comprendí lo mucho que había significado esta pequeña travesía en la que me he metido.

Comprendí que es bueno dar, sin esperar nada a cambio.

Comprendí que, quizás, mi poco gusto hacia los niños había sido solo una creación mía, al nunca darme la oportunidad de conocerlos realmente.

Y nuevamente pausa.

Me vi, como mamá gallina con sus pollitos.

Keke en mano, y contando.

 

Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.