Porque el amor llega cuando menos lo esperas, y de la forma más real posible
17:43. Parque de la amistad. Surco.
¡Jeffrey, Jordan, Angely no corran!
Carla, cuida a tu hermano porfa. – le digo apenas mirándola.
Los niños se fueron corriendo.
Intenté seguirles el paso, sin correr.
Empecé a sudar un poco.
El calor, los nervios.
Carla estaba a mi costado con Diego.
Se cuidaban.
Pero Jordan no cuidaba de Jeffrey.
Parecían de la misma edad.
Angely dejó de correr y se colgó de mi brazo.
Reí y le di un gran beso en la mejilla.
Sonriendo mucho, muchísimo.
Pausa.
¿Qué hacia yo con 5 niños en el parque de la amistad, casi a las 6 de la tarde, un sábado de verano?
¿Qué hacía yo con niños?
Quizás deba reformular el cuestionamiento existencial.
¿En qué momento empezaron a agradarme los niños?
¿En qué momento empecé a sonreír, y no por cumplir, ante esas caritas bellas y chiquitas, emocionadas ante la simple idea de ir a pasear al parque?
A revolcarse en los montes verdes,
A ver a los patos.
A comer algodón de azúcar.
Al simple hecho de correr por ahí, libres, felices.
Su felicidad me llenaba de la misma.
Una más madura y cuidadosa, pero la misma, en amplios términos.
¿Donde quedó mi poco afecto hacia ellos?
¿Mi incomodidad al no saber cómo actuar amablemente y que me quieran?
Claro, no ellos precisamente.
A los niños en general.
Pequeños terremotos que escapan un poco de mi control.
Cuando en realidad, aquel día, tenía todo bastante controlado.
Bastaba gritar sus nombres y se pegaban a mi cuál langostas.
Miss, ¿Podemos quedarnos un ratito más? – me dice Diego.
Veo la hora.
Veo sus caras ansiosas, esperanzadas.
Veo la hora.
5 minutos más chiquis. ¡No se alejen mucho! – digo riendo.
Se van corriendo.
Y me quedo pegada un ratito, quizás pensando, lo mucho que los quiero.
Y lo bien que se siente eso.
Pausa.
No pasan ni dos minutos y me llaman.
Tengo que comprar la torta para Jherson y esperar en el paradero.
Están en Velazco Astete.
Mierda.
¡Chicos nos vamos! – gritó mientras los busco rápidamente con la mirada y les hago señas de «vengan al toque porque estamos tarde»
Y vienen corriendo, y nos vamos todos corriendo.
Ellos adelante.
Y yo pidiendo disculpas a algunas personas que habían sido, ligeramente, empujadas por la desesperación del asunto.
Y corrimos al grifo.
Saqué un keke y una vela.
Lo siento Jherson, no había torta.
Ellos pegados a mi, pero yo siempre contando en caso de me olvide uno.
Como si no fuera raro que se me olviden las cosas, en este caso, niños.
Y volvimos a correr al paradero.
Riéndonos mucho, muchísimo.
Y fui feliz.
Ahí, en medio del desorden y las risas.
En medio de estos niños y su capacidad de olvidarse un poco de la situación en la que viven.
Y solo apreciar y agradecer estos pequeños momentos que tienen, de salir de sus casas,
De la suciedad, los chanchos, las muchas escaleras y ciertos olores.
Y comprendí lo mucho que había significado esta pequeña travesía en la que me he metido.
Comprendí que es bueno dar, sin esperar nada a cambio.
Comprendí que, quizás, mi poco gusto hacia los niños había sido solo una creación mía, al nunca darme la oportunidad de conocerlos realmente.
Y nuevamente pausa.
Me vi, como mamá gallina con sus pollitos.
Keke en mano, y contando.
