Decidí llamarlo: El síndrome Raymundo
Primera acotación: Probablemente, y espero que suceda, se me ocurra un nombre más agradable, después, cuando me vuelva a pasar.
Segunda acotación: Si estás leyendo esto, estimado extraño y bipolar ser, lo siento pero era necesario.
Resulta que, este supuesto síndrome nació un viernes/sábado de marzo.
Si, la confusión eterna de madrugada.
En esas horas, uno no sabe si es un viernes extendido o un sábado súper puntual, entonces las madrugadas se convierten en una constante ambigüedad.
En fin.
Estamos en mi cama.
Tengo sueño, y se lo hago saber.
Pero él insiste en «jugar un poco»
Porque claro, venimos «viéndonos» hace unas tres/cuatro semanas y aparentemente «ya es tiempo» de pasar a un siguiente nivel.
Insiste y sigue insistiendo.
Pero no cedo.
Entonces él cede.
Ha aceptado en dormir.
¿Porqué Antonia? ¿Porqué no te gusta este sujeto como tú le gustas a él?
Se siente incómodo, me lo hace saber, se quita el pantalón.
Y es ahí, después de intentar empujar, por tantas veces, donde admito y abrazo el hecho que este extraño y bipolar tipo, ya no me gusta para nada, y qué tal vez, nunca me gustó gustó.
He ahí el síndrome.
Que, para fines meramente sustentables, esta condenada condición ya va sucediendo unas dos veces más.
La situación de un cambio repentino de sentimientos hacia alguien.
Pero no me sorprende tanto, viniendo de mi, es muy sencillo sentir y no sentir.
Claro, no soy una roca tampoco.
Hay veces en las que si doy, cierto tipo de amor.
Uno extraño, muy extraño, pero uno, al fin y al cabo.
Si entrego.
Y se va quedando un poquito de mi en muchas personas que pasan por mi vida.
Creo que ese es mi gran miedo.
Que de poquito en poquito me vaya quedando sin nada.
Y vivo en ese gran miedo, de perderme a medida que voy encontrando y desencontrando seres que me hagan cambiar.
¿Quiero cambiar para mí o para alguien más?
Tal vez no necesite cambiar.
Tal vez soy tal y como, alguien, en algún punto del mundo, esté esperando encontrar.
Y fin.
Y basta.