1ero de Setiembre del 2019
Comienza nuevamente la búsqueda inconstante y poco entusiasta, he de admitir, de trabajo.
Y con ella, regresa la flojera, el despertarme tarde, hacer ejercicio unos días y tirar la toalla otros. La rutina se descompone por la falta de si misma, de hecho, la rutina deja de ser una para convertirse en un universo de posibilidades. Y eso asusta.
Más allá de no saber por dónde comenzar, es esta ansiedad de no saber qué priorizar.
En una primera mirada rápida, todo parece ser prioritario. Todo.
Luego empiezas a ser más realista y comprendes que quedarte en cama tantas horas de largo no le hace nada bien a ese cuerpo flácido y rolludo al que no le has prestado atención por casi medio año.
Observas también que la ansiedad de llevar el mismo ritmo de vida, trabajar más de 12 horas de martes a domingo, o al menos uno que se asemeje, te está derribando.
Ay, si habláramos de ansiedad – le diría su amiga – no podríamos llegar nunca a una conclusión razonable, es precisamente la falta de razón la que permite su existencia.
Y mientras pensaba en ansiedad y desempleo, y viceversa, aún con trabajo, se me pasaron dos días de ensayos en el sótano.
Observé cómo la gente se paseaba sin ánimo, haciendo lo que ya llevan haciendo por varios meses, como yo.
Estamos en la recta final – me había dicho mi jefa días atrás – Los días se harán larguísimos.
Extrañaría a mis amigos, las risas, los chistes, las metidas de pata.
Nos encanta la nostalgia, nos encantan los relatos cortos e inadvertidos que narran un pedacito de lo que sentimos, dónde estuvimos y qué era lo que hacíamos.
Nos agarraron por sorpresa, y sucede que así nos agarran las mejores o peores cosas en la vida.
Relatos Inadvertidos va para esa muchacha o muchacho que bebió de más, que lloró de más, que tomó varias buenas y malas decisiones, y que al final del relato, dejó que el curso de la vida siga.
Este va para ti, y tu dolor de trompas.
