Y después de haberme preparado tanto, repetido tantas veces en mi cabeza las muchas formas en las que podía dictar una clase, los toques, la seguridad en mi voz, y todos esos factores que harían o bien clasificarme entre ser una buena profesora de yoga o quedarme meramente como aficionada, el día llegó y di mi examen práctico.
Ahí estaba, sentada sobre dos bloques de madera, por el tema este de mi espalda, a punto de dictar mi primera clase de yoga, bueno o algo similar a eso porque solo tenia unos 25 minutos para hacerlo, ósea, la tercera parte de una clase de yoga decente, pero igual implicaba un gran logro en mi vida.
Hay puntos que me ayudaron bastante en esta prueba