La última vez que fui a un matrimonio fue por una chamba.
Estaba tomando la posta a una amiga audiovisualera no se si es que el término existe y terminé en una de las bodas más montes de acuerdo al rango entre bodas chéveres y bodas no tan chéveres.
Pero dentro de lo no chévere que podía ser esa boda, la pasé bastante bien, claro, desde la posición de alguien que está ahí para trabajar, me encontré metiéndome entre la gente un poco bailando, un poco cagándome de la risa por dentro porque para empezar, no soy de salir a bailar o incluso tener esas ganas repentinas de querer mover mi cuerpo.
Entonces, siendo ese mi recuerdo más cercano a una boda, para mi era cosa nueva estar en Oxapampa, con gente con la que había vivido hace ya casi 3 años para celebrar el matrimonio de la que había sido mi compañera de cuarto y además, cosa muy relevante, mi mentora en cuanto a cómo aprovechar el estado de soltería y abrazar la cultura del YOLO.
Sí, la amiga que tenía más fiel a esa cultura se estaba casando.
¿Ahora quién me representa? No mentira, pero igual, era un acontecimiento importante donde empezaba a darme cuenta que tal vez, solo tal vez, el YOLO se estaba acabando.
Pero como para hacer valer la pena esta salida imprevista de Lima, me agarré de esa bella cultura libertina y bebí mucho.
Y comí mucho queso también.
Y en ese lapso de rebeldía hacía lo que yo misma me había propuesto cumplir, desde un inicio y con toda seriedad, encontré la felicidad.
Sadhana:
Tuve la intención, pero de intenciones la gente no logra mucho.
Dieta:
Ninguna, y sin arrepentimientos.
Yolo:
Mucho.