A partir del día de hoy nos movieron el inicio de las clases una hora más tarde, es decir, 8 y 30.
Y me hubiera gustado disfrutar esa hora extra tirada en la cama con mi mamá, amando la vida, amando estar juntas y seguramente con titi, Pedro, acostado entre las dos o entre las 3 si es que mi hermana estaba pero no fue de esa forma, regresé de una salida al ballet de frente a la computadora, a seguir editando.
Y los cuestionamientos volvieron a mi cabeza: ¿valía realmente la pena todo este desgaste y lucha?
Y luego pensé en Nueva Zelanda, y lo mucho que quiero que sea Agosto para tener mis papeles listo y postular a la visa, quizás a la residencia, quizás no. Todo va a depender de las oportunidades que se me presenten de acá hasta ese mes, o de las oportunidades que yo misma busque.
En fin, el amigo Fred nos dejó irnos al medio día, lo cual suponían buenas noticias para todas. Pero lo que debía ser en un lindo día compartiendo con mi querida madre, se convirtió en una pequeña discusión sobre mi forma de alimentarme, porque claro, a falta de proteínas como la carne, el huevo o algún producto lácteo, me estaba refugiando, nuevamente, en los carbohidratos, el pan de manera más específica.
Y como a la mujer esta le encanta sacarme en cara cuando yo misma estoy buscando sabotear mi cuerpo y engordar, me lo hizo saber de una forma poco agradable lo que me empujo a encerrarme a editar, lo que luego, llevó a que en la pequeña cena con la familia, yo me muriera de sueño aún más y terminara perdiéndome casi toda por no decir toda la reunión.
No desperte en 10 horas, y me desperté más cansada aún.
– Son tiempos difíciles – le comenté a mi nuevo amigo de rulos muy alborotados y poco definidos
– Todo pasa, solo no te explotes – atinó a responderme