Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Día 8

Inhala paz,

exhala guerra.

Lo he estado haciendo todo mal. Bueno, casi todo mal.

Antes de emprender este viaje, en algún momento de mi búsqueda, leí que el rezo (en mi caso la meditación) se hacía al despertar, antes de la primera ingesta. Pero indagando más resulta que no, que primero se come y luego se reza. Esto me complica un poco las cosas, porque no se recomienda meditar con el estomago lleno. ¿Entonces, qué hago? Hacer la prueba.

Entre otras noticias más alentadoras, hoy medité sin apoyar la espalda en la pared. Siento que fue un paso necesario de realizar pero a la vez, un paso que debo evaluar repetir por el tema de mi escoliosis. El dolor es muy fuerte, tanto así que te saca del estado meditativo al que puedas estar llegando.

Suhoor: una manzana, piña picada, un pan con queso en la wafflera, un vaso de yogurt y un pedazo de torta de galletas

Hoy retomé el ejercicio, sudé, me agite y decidí bajarle las revoluciones.

En realidad no debería hacer ejercicio. No solo porque debo guardar las calorías del desayuno para que me aguante durante el día, sino que debería estar aún reposando pues estuve contagiada recientemente de Covid. Sí, cuando uno piensa que no le va a tocar nunca, es cuando le toca.

Aún debo revisar qué tan afectados han quedado mis pulmones. Lo que me recuerda que mi mejor amiga me dijo que estaba loca por intentar hacer esto y que si pudiera lo impediría a toda costa. Y no la culpo, ahora que lo pienso, tal vez no era el mejor momento para hacerlo, pero ya estoy acá, ya superé la primera semana, no hay vuelta atrás.

Es complicado meditar cuando te duele mucho el estómago. La mente intenta estar en un lugar pero el cuerpo te jala de vuelta y te dice: oye, dame comida ahora. Aún así, tuve una meditación agradable y larga, poco a poco voy creando mi propio espacio, con mis propias palabras y mis propios métodos.

Poco a poco, todo se va acomodando en su lugar, la vida abre camino.

Iftar: una porción de pollo a la brasa con papas al horno, ensalada cocida, trozos de matambrito y medio chorizo.

Me sentí satisfecha, pero debo admitir que los últimos dos elementos los comí por ansiedad. Quizá se trataba de mi cuerpo diciéndome que coma un poquito más, solo por si acaso.

Rodrigo llegó con un humor raro del trabajo, que no tardó en convertirse en mal humor, lo que por consiguiente, me bajó los ánimos. Tantos años pasando por lo mismo y sigo sin separar sus emociones de las mías. No puedo ser indiferente, ni alpinchista.

Después de un rato, sin hacer mucho con ese muro creado entre ambos, las cosas se fueron suavizando. Soltamos tensiones si hablar de ellas, esperamos que el espacio se encargue y en algún momento de la noche nos dimos un abrazo bien largo. A veces es mejor de esa forma.

Hice pública la bitácora y luego me tomé una de esas pastillas efervescentes de zinc y magnesio que dicen que son buenas para dormir. Nunca había dormido tan bien.