Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Arequipa

Mi papá cumplía 50 años.

En ese entonces no conocía el peso de tener 50 años.

Allá por el 2018, mi abuelo estaba vivo.

Supongo que nunca pensé en cómo sería ya no tener ninguna oportunidad para tomarle una foto mientras contaba alguno de sus chistes.

No le tomé ninguna, tal vez no era importante hacerlo en ese momento de nuestras vidas.

Las fotos me trajeron, sin embargo, a mi hermana pequeña.

Dulce, animosa.

Mi hermana que me pedía que me pare de manos porque le había mostrado una foto donde logré hacerlo.

No pude volver a pararme de manos después de esa foto.

Supongo que nunca lo volví a intentar.

Supongo, también, que fue por no querer que mi hermana me vuelva a pedir que haga algo que no podía hacer.

Una lucha de egos.

Tampoco tengo fotos de mi papá soplando las velas.

Tengo muchas injerencias, que no mencionaré, alrededor de ese asunto.

Me provoca un adobo arequipeño.

Con ese pan 3 puntas que no duraba ni un minuto.

Volvamos a las fotos que no tengo ni tendré.

Fotos de sus sonrisas.

De sus chistes de siempre, que después de tantos años, seguían dando risa.

Fotos de mi otro abuelo.

De su barriga ancha y ajena, su chaleco de lana, sus carritos de colección.

Me gustaría un último abrazo.

Un queso helado en la plaza de Yanahuara.

El cielo limpio, el sol quemándome el cuero cabelludo.

Ese friecito serrano, una nostalgia indiscutible.