Al borde de la cama, una mujer contempla la casi oscuridad de su habitación. La cortina está entreabierta y él, completamente dormido.
El molesto zumbido de un mosquito invade el espacio. La mujer no se inmuta y mantiene una postura rígida, camuflándose en el negro, esperando su turno para atacar.
Esa noche el cielo esta naranja oscuro. Entre lila y naranja. Quizás un poco de marrón a los bordes. Un poco arcilloso, difuso y opaco.
La mujer suelta la postura. Truena el cuello y mira a sus vecinos por la abertura de las cortinas.
No entiendo por qué hay noches así. – piensa – Cuando el cielo se pinta arcilla y un mosquito no deja de zumbar en mi habitación, justo al costado de mi oído, justo cuando él duerme muy apaciguado, sereno, prolijo.
En el edificio vecino todavía queda una luz prendida. La ve desde su ventana. Hay una escalera apoyada en una de las paredes, un cuarto a medio pintar -o al menos eso es lo que quiere creer-.
Su mente empieza a elaborar mientras intenta encontrar al mosquito.
En eso, él empieza a roncar.
El mosquito -que no se ha enterado todos los cuestionamientos que se está planteando la mujer- sigue zumbando desde un solo lugar. Baila sobre su cabeza, se deja llevar por el sinsentido de la velada.
Sabe que me irrita – susurra ella- por eso lo hace.
La mujer se levanta de manera brusca pero silenciosa y empieza a caminar en círculos mientras intenta sacarse al mosquito de su cabeza. Pensamientos contemplativos y quejumbrosos la persiguen. Empieza a recitar un monólogo que nadie nunca -ni el mosquito- escuchará.
Se ha convertido en un sonido de ambiente. En una compañía mientras observo a los vecinos pintar una habitación a las 3 de la mañana.
Tal vez me sentiría peor si es que no hubiera mosquito. Y solo sea mi respiración y sus ronquidos.
Su presencia aquí, hoy, a esta hora, me recuerda cómo odio que se duerma primero. No lo hace siempre, sé que lo evita, es parte del tácito acuerdo que firmamos cuando decidimos vivir juntos, pero cuando sucede, lo odio. No a él, sino al acto.
La mujer se detiene. Observa a su alrededor. Él cambia de posición y el ronquido se hace más presente. Más pesado y dominante. Empieza a hacer calor. La mujer se desnuda. En eso, silencio. Absoluto. Como si estuviera bajo agua y sus oídos se hubieran tapado por la presión, o el agua, o el zumbido de unos mosquitos que bucean a su encuentro.
La mujer regresa a la cama.
Quizás no haya mosquito, ni ronquidos, ni vecinos pintando. Lo que si hay es un cielo arcilloso, un insomnio prominente y una oportuna clarificación de mis pensamientos: es momento de mudarnos.

Cuenta tu Historia