El reloj marca las veinte horas en las Bahamas. Las lujosas oficinas de FTX de Sam Bankman-Fried tienen la mejor vista a la ciudad. Es noviembre y el viento sopla despacio afuera, comparado a la fuerte lluvia que azotó la isla los meses pasados. El pulpo verde observa las palmeras moverse a un ritmo que no logra descifrar. Sam hace lo mismo desde la comodidad de su escritorio.
“Están por descubrirnos, pulpo.“ Le dice Sam mientras voltea para observar al pulpo moverse lentamente al ritmo de las palmeras. Un ritmo que hasta ahora ninguno de los dos descubre.
“Entonces solo nos queda bailar, señor Sam“. El pulpo extiende uno de sus pegajosos tentáculos hacia el parlante y lo enciende. La música de Brahms llena la habitación de una elegancia que solo Sam sabe disfrutar cuando sus empleados dejan las oficinas vacías. Cuando el pulpo aparece. Cuando sus malas, pero premeditadas, decisiones lo dejan en paz por unos cuantos minutos. Cortos, suficientes, necesarios.
Pronto las sirenas de los policías alumbraran las palmeras, su estridente sonido se mezclará con la lluvia, el pulpo ya se habrá ido y Sam deberá aceptar que el baile se acabó.

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