La llamada entró a pesar de la lluvia, de la diferencia horaria y de nuestros estados de ánimo.
La llamada entró para ser uno de esos saludos cortitos y puntuales que terminan siendo -y siempre fueron en realidad- una invitación para hablar hasta de pastillas para el dolor de rodillas.
‘¿Cuántos años cumples?’ pregunté en alguna intersección de la conversación.
’55’.
Silencio.
‘Qué bonito’ respondí después de esperar a que la información sea procesada por mi cerebro. No había pasado mucho desde que me despertaba abruptamente con la sensación que tenía algo importante qué hacer.
‘Si, ¿no? Se siente un número redondo’.
Hace tiempo no escuchaba a mi mamá tan tranquila al cumplir un año más de vida.
En sus 50 no estuvo muy contenta, era más terror que otra cosa lo que sentía. A sus 45 le empezaba a aterrar la idea de llegar a los 50 y a sus 40 le pesaba el hecho de haber terminado sus 30.
Pero a sus 55 la sentía genuinamente de acuerdo con su edad. Le hacía sentido y cobraba importancia y peso su paso por este mundo.
Hablamos de otro tanto de cosas y colgamos antes de quedarme sin batería y no poder pagar los kiwis que tenía en mi cesto de compras. Lo único que se me ocurría comprarme con urgencia al medio día de un jueves con pinta de domingo.
Y ella, siguió cumpliendo años.
A veces con amargura, otras con indiferencia.
Hasta que un buen día.
Se detuvo a observar.
Lo bonita que se había puesto a sus 55 años.

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