Tal vez fue el pulpo.
Él pidiéndolo, ella recordándole lo mucho que le desagrada el pulpo.
Él pidiéndolo de todas formas, ella tomando, con amargura, una copa delgada de contenido poco barato.
Tal vez fue ese pequeño error en su memoria lo que la llevó a tirar los platos al piso y la cava a un rostro enardecido por la vergüenza de causar tremendo teatro en uno de los mejores restaurantes de Alicante.
“Como si importara”, pensaba ella mientras todas las miradas se posaban sobre el desastre.
“Como si le importara”, pensaba él mientras contaba cuántos euros extra tendría que sacar del bolsillo tras tan innecesario acto de rebeldía.
“Un capricho”, pensaban ambos, de distintas perspectivas.
Hubo un momento de silencio entre grito y grito.
De la dueña y de los comensales vecinos a los que el merengado salpicado les arruinó la sopa.
Ella lo mira, él está furioso.
“No puedo más”, le dice sin mucho adorno.
“Yo tampoco”, le responde sin desprender la mirada de la atrocidad de lo ocurrido.
“Listo”, dice mientras coge las llaves sobre la mesa, “Nos vemos en casa”.
Hartazgo, y unas ganas de rendirse que cumplieron su larga espera.
Tal vez fue el pulpo lo que la llevó, finalmente, a firmar su carta de renuncia.

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