Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Todo regresa

Todo regresa.

Las estrellas creando garabatos en el cielo.

Escorpio imponente entre ellas.

Su vista se va hacia ella, la constelación más bonita de todas.

La más sencilla de identificar también.

Una estrella fugaz la recibe.

Es su regalo.

Por haber regresado a casa cuando pudo haberse quedado en cualquier otro lugar.

Todo regresa.

Los escenarios se repiten.

¿Dónde rádica el cambio?

¿Qué la empuja a tomar una decisión y no otra?

El cielo se pinta pastel.

Las olas se sobrepasan entre sí.

Todas quieren llegar primero.

Todas van a llegar, piensa, de una forma u otra.

Hay culpa, por supuesto.

Está ahí en la orilla, con los pies descalzos y las manos hacía el cielo

Cielo que sigue pintándose de pastel.

Una y otra vez.

Hasta que cambie de opinión, tome el volante, frene en seco y vaya en dirección opuesta.

¿A dónde ir cuando no hay camino?

¿Dónde apoyar la cabeza cuando las lágrimas, así como las olas, se sobrepasan para llegar a sus mejillas?

Todo regresa.

La sensación de soledad, el desacierto en algunas conversaciones.

Un tiempo fue el esguince.

Ahora es la inofensiva picadura de una abeja.

Esa a la que le temió sin motivo alguno por años.

Años evitándolas sin saber realmente porqué lo hacía.

Todo se condensó y la preparó para este momento.

En el que no sabe a quién acudir para que le receten más antibióticos.

Todo está bien, le dice al contestar el teléfono.

Todo regresa.

Ese vacío que solo ella puede llenar.

Tiene el lienzo, los pinceles, las acuarelas.

Café a falta de vino, vino a falta de café.

Abstinencia ante placeres mundanos que la llaman a media noche.

Solo está a unos metros lejos, piensa.

Es cuestión de cruzar la sala, de puntitas a media noche, cuando no se oye ni un solo suspiro en las habitaciones

Un par de malabares para llegar, no tiene ni que abrir la puerta, se intenta convencer.

Todo regresa.

Alguna vez dijo lo libre que sería al soltar sus propias culpas.

Lo libre que sería al elevar la mirada al cielo, extender los brazos, doblar las piernas y dar ese salto al vasto océano que la separa de una vida distinta.

Pero ahora que ya lo hizo, ¿qué hay realmente detrás de esas nubes que decoran ese cielo limpio y plano al otro lado del mar?

Nada.

Todo.

Un poco de mucho, varios muchos de nada.

Un universo de probabilidades improbables que solo existen en su cabeza.

En ese raciocinio empedernido que la invita, siempre que puede, a tomar la maleta y emprender algún nuevo viaje.

Con algún nuevo propósito.

Se nos acaban los motivos, piensa.

¿A dónde ir ahora?

¿Quién ser ahora?

Esa es tarea de otro día, ahora solo queda descansar.

Pierna en alto.

Lágrimas afuera.

Deja el tiempo correr, deja que se encargue de asuntos de adultos.

Está bien ser una niña, ahora, a veces, cuando se te venga en gana.

De alguna forma, nunca ha dejado de serlo.

Todo regresa.

La vio hace unos días.

Era ella, de eso está segura.

¿Cómo lo habrá hecho?

Eso de cruzar de un océano a otro nunca fue lo suyo.

Eso de salir de casa tampoco, si mal no recuerda..

¿Por qué ha venido?

¿Será momento de conversar?¿De quitarnos las vendas y hablar con el corazón en una mano y el cerebro en la otra?

Se observan, caminan a su encuentro, hay seguridad en sus pisadas.

De un lado y del otro. No apartan la mirada, luego habrá momento para eso.

Pero justo cuando están lo suficientemente cerca para decir cualquier palabra que corte la tensión que las mantiene en el acto, ella voltea la mirada.

Se ha acabado.

No volvería ni aunque fuera lo único que necesitara para seguir de pie.

Pies descalzos, corazón en calma.

La calma está al dejar ir todo eso que ya no nos pertenece.

Todo eso que quizá nunca fue nuestro.

Raíces que levantan muros.

Que sostienen castillos.

Que combaten huracanes de emociones.

Todo regresa.

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