Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Dobló su camisa a cuadros.

Estaba planchada, por supuesto. Siempre le gustó tenerla así, incluso ahora cuando está por guardarla en el segundo cajón a la derecha de su cómoda. Esta vez por un periodo de tiempo indefinido. O al menos eso era lo que creía.

Los puños abotonados y hacia dentro. El cuello mirando hacia arriba, perfectamente alineado con el resto de cuellos que miran hacia arriba desde el cajón. No tiene muchas, pero cada una de esas camisas cuenta muchas historias que solo pocos conocen. Observa la habitación que le dio guarida los últimos años. Estaba a punto de dejarla.

Todo parece estar en orden. Las pocas cosas que le pertenecen, grandes y pequeñas, están donde deben estar, perteneciendo a ese desorden que solo él y su falta de vista podían comprender en ese único espacio en la casa que realmente le pertenecía. Podría incluso decir que nunca su habitación se ha visto tan bien como ahora.

Seguro fue su hijo mayor, piensa, el que hizo de todo para dejar sus asuntos resueltos, el que se preocupó por que en sus últimos días no sufra tanto. Pero esa era una batalla ya perdida. Hace mucho sufría por dentro y por fuera. Su familia se desintegraba a medida que él perdía vida. Como si ambas partes se hubieran puesto de acuerdo para dejarlo desnudo antes de partir.

Ahora el dolor se ha ido. Ahora no siente nada, más que una tranquilidad que incluso no tenía estando vivo. Su rostro se ha relajado; o eso es lo que escucha a lo lejos mientras familiares y amigos se acercan a verlo; sus arrugas se han disipado, los puños de sus manos ya no aprietan con fuerza esas ganas de querer que todo acabe. Ahora puede llorar tranquilo, sin temor a verse débil, ahora puede tirar la toalla.

Antes de cerrar el cajón que guarda sus camisas, se da cuenta que en realidad es él quien está ahí, mirando hacia arriba.

Pero Nicanor no ha ido aún a visitarse.

Hay mucha gente, piensa. Sus hijos seguro no dejan de llorar, piensa. Sus hijos que ahora, en lo que dura el velorio y se preparan para el entierro, no dejarán nunca de lamentarse la estupidez humana de pelearse cuando su padre perdía un pedacito de vida cada día que pasaba.

Se sienta en el borde de la cama, cierra los ojos y cuando los abre ocupa un asiento en la parte de atrás del auto de su nieta.

Ella maneja, la música suena alto y hay mucha vegetación a su alrededor. El cielo está limpio, voltea y ve la luna despintarse al final de la autopista. Unos animalitos de cola larga observan el auto pasar desde la orilla de la pista, conteniendo esas ganas de cruzar saltando al otro lado. Después de años de haber perdido parcialmente la vista, ahora lo puede ver todo.

Ella maneja conflictuada sin alejar sus ojos, aún llorosos, de la carretera. Su mente está en cualquier otro lugar. Allá ya ha pasado un día desde su partida. Allá su padre ya está brindando con un shot, o varios, de Anís Najar, recordando historias de su padre. Allá la vida continúa, las lágrimas ya están secas. Y aún así, Nicanor sigue sin visitar su velorio.

Había hablado con su nieta algo de dos meses atrás. Era navidad, no se podía levantar de la cama, pero ella estaba al teléfono y esa llamada había viajado miles de kilómetros para llegar a la otra línea.

Fue una videollamada corta, pero suficientemente larga para escuchar su voz e imaginársela preparando el desayuno del día siguiente, mientras ellos se preparaban para ir al hospital y esperar una mala noticia. En ese entonces todo eran malas noticias y ya se había hecho costumbre ir con la cabeza baja esperando lo peor.

Momentos antes de colgar, entre broma y broma e intentos de sacarle varias sonrisas al abuelo, su nieta le contó la ardua evaluación por la que pasaba su futuro en esos últimos días de reflexión previos al fin de un año que combinaba el caos y la belleza a la perfección. Para él, sin embargo, había sido un año más a la lista de los pocos años, con suerte, que aún le quedaban con vida. Hace un tiempo ya había perdido el gusto por la sorpresa de despertarse cada día. Qué terrible, piensa, vivir así, sin emoción por la vida misma.

Estoy evaluando mi vida, le había dicho ella antes de terminar la llamada. Todos rieron. Beso, abrazo y feliz navidad. No pasaron más de dos minutos antes de devolver la llamada. Ella contestó con extrañeza, era su papá. Tu abuelo te quiere decir unas últimas palabras, le dijo. 

Tú evalúas qué hacer con tu vida, mientras que la mía se devalúa, dijo Nicanor con esa sonrisa pícara que tanto lo caracterizaba y que iban a la par de esos cabellos chascosos que ponía, a propósito, hacía arriba y en punta.

Esa fue la última llamada que tuvieron estando aún lúcido, sin tanto dolor y sin tanta medicación de por medio.

Nadie le había dicho aún que le habían encontrado un cáncer terminal que se había extendido por todo su organismo, sin embargo, él sabía que algo grave estaba sucediendo. Lo sentía en sus huesos, en sus articulaciones, en esa vista cada vez más borrosa que todavía le permitía, de mala gana y a duras penas, ver su telenovela favorita.

Nunca apreció tanto poder ver con ambos ojos como cuando cayó en cuenta que había un pedazo negro cubriendo el lado izquierdo de su pantalla. Apagón. Toda esa información a ese lado se perdía, y no había sido de la noche a la mañana, simplemente no prestó atención.

El día que no se pudo levantar de la cama se alarmó. Pero no gritó. Se quedó inmovil esperando que su cuerpo, ya debilitado por una enfermedad que pateó la puerta para entrar y empezó a saquear sigilosamente cada rincón de su organismo, reaccionara.

Pero no lo hizo y ese día supo que no lo volvería hacer de la misma manera. Nadie nunca pudo darle la mala noticia sin rodeos ni adornos, pero él supo que era cáncer desde el primer hincón.

Nicanor se sienta al borde de la cama para ver el sol esconderse detrás de esa desgastada cortina crema que tiene algunos agujeros en la parte inferior. Se sienta a observar su vecindario por esa ventana que lo ha acompañado años, separándolo del mundo que deja atrás, de esa bocanada de aire que nunca tomó estando vivo los últimos meses porque nadie le preguntó si quería tomar un poco de aire, porque no podía levantarse de la cama.

Ahora nada duele, y la sensación de no sentir más, ni dolor ni calma, es extraña.

Allá en el cajón, a unas cuadras de distancia de la casa, todos hablan de él. De cómo fue un gran hombre, de cómo siempre buscó sonreírle a la vida, de cuando tomó la mochila y se largó a viajar. Siempre todos recordarán esos viajes a lugares lejanos y remotos que recién pudo hacer cuando se jubiló y se dio cuenta que no había conocido mucho, por no decir nada, del mundo.

Creció y vivió en esa pequeña ciudad al sur de la capital, que ahora en realidad de pequeña no tiene nada. Toda su vida, mientras esta ocurría, observó cómo el cemento empezaba a ocupar los espacios amplios de campo. Ahora, el cemento parecía ocupar hasta su propia casa, donde sus hijos menores se pelean por obtener algo de ella y se distancian cada vez más, no solo creando una barrera entre ellos si no también entre  sus familias.

En sus últimos meses observó silenciosamente la pelea a través de los ojos del único hijo mayor y cuerdo que le quedaba. Por las noches despertaba agitado pensando que estaba solo, que nadie se iba a enterar de su muerte cuando aquello pasara, y lo llamaba. Espérame un día más, le decía su hijo. Y le decía eso todos los días hasta llegar a la ciudad y quedarse por un par de semanas.

Semanas antes de su muerte, Nicanor sabía que ocurriría pronto y sería muy de prisa. Le agobiaba saber que le faltaban temas por resolver en vida y que no podía hacer nada al respecto. Los abogados habían determinado que por su condición y rápido deterioro humano ya no podía firmar nada. Su ceño se fruncía, la angustia se traducía en arrugas aún más pronunciadas de las que tenía y el dolor generalizado aumentaba.

Qué increíble todo el dolor que somos capaces de soportar como seres humanos, pensaba mientras se asombraba de tan triste conclusión.

El sol termina de ocultarse. Nicanor se acomoda las medias largas y delgadas, se pone los zapatos carmín que le regaló desinteresadamente su hija cuando era joven, se peina hacía atrás el pelo canoso y ondulado que ha recuperado después de su muerte, y se dispone a atender a su velorio.

Sus tres hijos están en esquinas alejadas. Cada uno acompañado de sus familias y sus amigos. Hay una tristeza en el aire incomparable con nada que haya sentido antes. Incluso, se atrevería a decir, incomparable con la partida de su esposa, 40 años atrás. No hay nada que hacer. Solucionar una pelea tan vacía y compleja a la vez es problema de los vivos, piensa.

Se acerca a su hijo menor, le da unas palmadas en la espalda y lo perdona. Se acerca a su hija, la abraza, la sostiene, y la perdona. Mientras lo hace, les agradece por esos años compartidos, por sus aciertos y desaciertos. Por ese adobito dominguero que le permitieron compartir con él. Pero ese perdón está cargado. Es inevitable que aún esté dolido, el recuerdo de esa agresión es muy reciente. Suspira.

Se acerca a su hijo mayor y se para a su costado. Se queda ahí durante todo el velorio. Su hijo nunca se quita los lentes de sol ni suelta la mano de su esposa. Tiene que mantenerse fuerte, piensa mientras lo observa encargarse de la situación y prepararse para lo único que viene: una de esas peleas familiares que pueden durar años y que pueden no resolverse nunca.

Cada vez hay menos gente. No habrá recepción, nadie se puso de acuerdo, por supuesto. Todos siguen con sus vidas, tal y como sucede cuando alguien fallece. Hay un momento de silencio y de llanto, y luego la vida sigue su curso, no hay de otra, piensa resignado pero también contento por que todo ya acabe.

Antes de irse, se acerca a su hijo mayor, lo abraza, le agradece por todas esas veces que no pudo hacerlo en vida, y le dice que lo ama. No había sido hace mucho que Nicanor había recibido un Te amo de su parte, y ahora, como acto final, se lo devolvía.

Años atrás, cuando su hijo se había mudado cerca a Abancay, donde pocos hay como siempre decía, lo había invitado a pasar unos días en ese pequeño pueblo de un mercado cada tercer sábado del mes, 30 casas y una iglesia. Pasaron largas noches despiertos conversando del paso de los años y esas historias que los mantenían aún en pie. Hablaron de su madre y de la bebida, del amor y de las adicciones. Y en medio de esa tertulia que jamás había tenido mejor momento de ocurrir como ese, su hijo entendió finalmente que lo amaba.

Fue el Te amo más puro y significativo que alguien ha podido recibir. Fue un Te amo genuino y sin presiones de nada. Uno como el que le daba ahora, el último.

A un mes de su partida, sus hijos no se hablan, sus cosas ya están en cajas y la casa está cerrada con candado.

Sale una de sus nietas para abrirle la puerta al novio y ni le dirige la mirada a otra de sus nietas que solo llegaba a visitar al abuelo. A lo último que quedaba de él. Ahora entre nietos tampoco se hablan. Hay mucho odio y resentimiento. ¿Dónde estuvo escondido todo este tiempo?¿Qué sucedía en las reuniones familiares cuando todos reían de algún mal chiste y brindaban con un shot, o varios, de Anís Najar?

Él observa todo ese debacle familiar desde la ventana de su habitación. No tiene cómo interceder pero tampoco es ya su responsabilidad. 

Algún día, piensa, cuando esta casa sea derrumbada y convertida en edificio, se acordarán lo infeliz que hicieron a su padre. Incluso, continua, admitirán quién pegó primero en esa habitación del hospital.

Nicanor observa su habitación con decepción y se marcha. Finalmente, solo había ido a cambiar de camisa.

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