Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Un sinsentido de cerdas

Seguro ya botaste tu cepillo de dientes.

Yo lo hice hace unos meses, justo después de lavarme los dientes.

Lo dejé en el vasito de siempre y de pronto, justo cuando estaba por irme y empezar el día, ya no sentí la necesidad de verlo al volver a casa por la tarde.

Ese pobre cepillo lo único que hacía era estar ahí parado, aburrido, esperando la siguiente vez que le toque cepillarme los dientes con esas cerdas cada vez más y más deterioradas.

Y está bien, después de todo ese es el único propósito para un cepillo de dientes promedio. Yo no quería esa vida para él. Ya había tenido suficiente cepillada de dientes con un cepillo que nunca me debió pertenecer.

Contemplé aquellas cerdas suyas que aún se sostenían al cuerpo. Esas cerdas que nunca fueron firmes y que ahora solo esperaban empezar a salirse del núcleo y correr lejos.

Muy lejos de mí y de mis dientes y del ácido recuerdo diario de cómo terminamos juntos compartiendo una misma acción todos los días.

Al final, creo yo, que lo hice por el cepillo, no por mi.

No por ese momento en el tiempo, ya casi sin colores ni formas definidas, de cómo un día abriste una caja de cepillos donde venían dos en vez de uno.

Ya no vivíamos juntas y, por esas fechas de encuentros que nos sacaban más lágrimas que sonrisas, nunca terminábamos decidiendo previamente si me quedaba o no a dormir.

Eso se veía en el acto.

Entre el amor y desamor que nos teníamos.

Entre ese sinsentido que nos obligaba, prácticamente, a que pase la noche y te pida un cepillo de dientes. Uno de esos que seguro tenías guardado para otras invitadas furtivas que llegasen a ti con el paso del tiempo.

Ya sabes, cuando finalmente hayamos cortado esa soga que nos tenia atadas del cuello, la una a la otra.

Pero míralo de esta forma, quizá te ahorré algunas incomodidades y terminaste botando el cepillo de la misma forma que yo lo hice.

En 2 segundos y sin suspiro de por medio.

Fue un acto heroico, de alguna forma.

El cepillo era lo único que me quedaba de ti, y aunque ni siquiera me lo habías dado de buena gana, le guardaba un cariño singular y tóxico, por supuesto.

Días después de haberlo tirado a la basura sin mayor ceremonia, de haber manejado en bici hasta la tienda más cercana y haber elegido el cepillo más distinto al que tenía: uno blanco, recordé lo feo que era ese cepillo que compartimos a la distancia por unos meses.

Ese cepillo negro era de tan mal aspecto que encontró la forma de ponerse agradable a la vista, por no decir “bonito” porque ese adjetivo no le corresponde, mientras más lo detestaba.

Mientras más me hacía acordar a ti.

Y eso que, en ese entonces, tenía otras cosas de mucho más valor que te traían de vuelta a los recovecos más nostálgicos que atesora mi mente.

Empedernida, en ese entonces, a no querer soltarte.

Otro poco de días después, mientras hacía cualquier cosa menos cepillarme los dientes, dos preguntas atormentaron mis pensamientos.

¿De qué manera te habrás deshecho de él?

¿Habrá significado un momento triunfante que apaciguó tu alma?

Me reí de tremenda estupidez.

Por supuesto que no. Nada nunca podrá apaciguar tu alma.

Esta va para esos dos cepillos negros de mal aspecto que, separados al nacer, terminaron en el tacho de basura gracias a arrebatadas decisiones, parte de una ruptura que pudo durar menos.

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