Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Había una mujer en el espejo.

Una mujer que llegaba a sus 30, cada vez con el paso más y más rápido, pero no siempre el más seguro.

No.

Este fin de año se siente bizarro, piensa.

Quiero reir, quiero llorar, quiero abrazar a un extraño y decirle que esta vida es hermosa y muy caótica, y que podemos con todo, pero al mismo tiempo, que está bien a veces no poder.

Abre un sobrecito de azúcar. Y otro y otro.

Voltea, se mira en el espejo y observa esos rollos de piel que antes no estaban ahí, en su espalda.

¿Qué hacen ahí? Ocupando ese espacio donde antes no había nada.

Y empieza a cuestionarse el paso de los meses, mientras abre otro sobrecito de azúcar.

No parece poder parar. Hay mucha verborrea mental junta que no la llevan a ningún lugar, ni siquiera a respuestas insignificantes que la hagan dormir por la noche.

Muchas cosas han cambiado en estos meses.

Todo lo bueno, trae siempre algo no tan bueno.

Todo lo malo… bueno, no hablemos de lo malo. Que de eso ya hubo mucho, y ahora que ya no hay, parece que quiere haber de todas formas.

Un sobre pensar incansable, fruto de piel extra en su espalda. No hay nada más.

Nada la perturba, más que esa piel que no es solo piel.

Una imagen distorsionada que no quiere rectificarse.

Qué trabajosa y difícil es la autopercepción, y el reconocimiento de una necesidad jamás antes adquirida.

La necesidad de quererse sin prejuicios, sin filtros, sin predisposiciones a una concepción de belleza que nunca fue suya, y que solo pocos pudieron descifrar.

Todo empieza a girar, a girar y a girar, y antes de tumbarse en la alfombra, coge un sobrecito más de azúcar.

¿Cuál es la necesidad de abrirlo?¿Dónde está la magia de endulzar su noche si al final el resultado va a ser el mismo? Capas de piel frente al espejo.

“Rollos”, como solemos decirles, nunca antes vistos.

Un acercamiento poco victorioso a su cumpleaños número 29.

Tan cerca a los 30, tan lejos de su meta anual de poder usar un bikini sin sentirse ajena a su cuerpo.

Las marcas de la celulitis le advierten de un verano poco agradable a 40 grados.

Debo dejar el tabaco, piensa, mientras se da cuenta que no hay más sobrecitos de azúcar.

Y en eso, se da cuenta que no son los sobrecitos ni el tabaco, es ella. Siempre ha sido ella.

Ella cubierta de ansiedad, inseguridades, y todo eso pesado que cargamos el día de hoy por un avance de la sociedad desenfrenado y paupérrimo enfocado en nimiedades que solo nos empujar a poner más y más “cosas” a nuestra mochila.

Y antes que su mente empiece a recordar lo pesada que estuvo su mochila a comienzos de año, algo más llama su atención.

El esguince.

Claro, fue el esguince todo este tiempo, piensa intentando agarrar lo primero que se le viene en mente para echarle la culpa, limpiarse las manos y seguir su camino.

Esa caída encubierta en una fiesta con personas que no volvió a ver.

Esas dos gradas en vez de una.

Ese pararse, borrachísima, y pretender que el tobillo no le estaba doliendo casi al punto de mandarla a llorar a su casa.

Se paró, siguió bailando y se fue a la barra a cambiar su cerveza por vodka.

Mucho mejor.

El dolor ya no estuvo esa noche, pero luego la acompañó por casi tres meses.

Un tobillo hinchado que, al día de hoy, recién parece querer volver a su estado natural. Tal vez ya no lo recuerda.

Tal vez, solo tal vez, existe un pequeño espacio entre esa piel que resta y ese tobillo que se expande.

Finalmente, eso es lo que le ha estado intentando decir el espejo: comprender, aceptar y abrazar.

Cuestionar sin buscar respuesta, adaptarse al silencio de una tormenta sin escombros.

Reconocer el dolor, entender la incomodidad, dar paso a esa nueva versión de ella que se enfrenta, victoriosa, a este nuevo año.

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