El sonido de mi alarma me sobresalta. Ligeramente desorientado, en la oscuridad de mi habitación, busco el botón correcto para silenciarla.
Es otro día, marca mi reloj.
Fuera, el mismo sol; dentro, la misma cama. En mi cabeza, la misma indecisión: ¿Un omelette o una botana? Al final, siempre es una tostada con mantequilla de maní y una banana o, en su defecto, absolutamente nada.
Escucho a lo lejos, desde mi ventana, las mismas quejas de jóvenes aletargados, de jóvenes poco inspirados que, de camino a la escuela, se expresan ociosamente con candor.
Empatizo con el mismo desdén que ellos mientras preparo el té, reviso mi agenda y espero que encienda el ordenador.
Reconozco el mismo desdén en la respuesta de aquella muchacha que, días atrás, tanto me emocionaba conocer. Puedo palpar cómo su presencia empieza a desaparecer.
“Y bueno, fue lindo igual, ¿eh? Hay belleza en lo efímero también. Ya vendrán nuevas personas…” – me intenta convencer el eco de los muros, resonando en armonía con la vibración del celular entre mis manos.
“Hoy no puedo, chicos – escribo en uno de esos grupos de whatsapp que siempre tengo silenciados -. Estoy súper ocupado, pero, diviértanse”.
Fuerzo una sonrisa como si estuvieran todos a mi lado. Un par de lágrimas corren por mis mejillas.
“Antes, te ocultabas mejor” – le digo a mi pena.
“Antes, me mostraba peor” – me responde con simpatía.
Esta vez sonrío sin darme cuenta.
Es otro día en la ciudad, pero siempre se oye la misma sinfonía.
“¡Ana Sofía está enferma, no va a la escuela!” – me despiertan los gritos de mis vecinos -. “Hay que pedir algo para su cena, tampoco viene con nosotros en la noche”.
Es otro día, anuncian los diarios.
Fuera, se ocultó el sol; dentro, amanecí en mi sillón. La lluvia cae con fuerza y en mi cabeza se abre camino el temor. Me aterra la pesadez de vivir como aquella familia, marcando casillas en una lista que no es mía. Me aterra la levedad en que se ha convertido mi soledad, flotando varada en la eternidad.
Viejos recuerdos se encuentran en la ducha.
“¿Por qué envié ese mensaje? ¿Por qué no me atreví aquella vez? ¿Por qué no hice ese intercambio en la facultad? ¿Por qué la culpa siempre fue mía?”
Se mezclan, discuten, ¡me gritan!
No los quiero.
Me entra una urgencia incontrolable de comer.
De comer dulces, de comer grasa, de comer todo lo que esté a mi paso. ¡Podría devorarme el mundo entero en este momento! Me conformo con hacer una lasagna. Dejo una porción en la puerta de la pequeña Ana Sofía. Es su favorita.
Las horas transcurren y la lluvia no cesa; ya oscureció.
Hoy, mi teléfono no sonó en absoluto.
“En fin, pondré aquella película que nunca vimos” – suspiro mientras le converso a mi sombra -. “Aquella de la que tanto me hablabas”.
Me duermo sin conocer el final; y el inicio se vuelve lejano.
Es otro día en la ciudad, pero siempre ronda la misma melodía.
Unos golpes en la puerta me arrebatan de mi sueño. Son unos puños tímidos. Apresurado me pongo una remera y me dirijo con curiosidad a descubrir al dueño.
Es otro día, indica el calendario.
Fuera, el sol juega a las escondidas; dentro, regreso con una caja de galletas tibias. Hay una nota escrita a mano.
“Grasias por la lasañia, te invitamos a desallunar el domingo”.
Las faltas de ortografía y su delicada caligrafía me llenan de ternura. Me asomo por la ventana para agradecer a mis vecinos y aceptarles la reunión. Así de rápida resulta nuestra comunicación.
En el trabajo el proyecto no avanza. Estamos todos frustrados.
“Tirando pa’lante, hermano” – me dice mi compañero -. “Es tan sólo otro día”.
Terminada la jornada, lo único que quiero es tomar una cerveza acompañado de la música de un cuarteto de jazz. Y lo consigo. Así de fácil se concretan algunos de mis más profundos deseos.
Con palmadas en el hombro, me sorprende el reencuentro de una vieja amistad que hacía un tiempo no veía. Siento su abrazo hasta el alma y me embriaga su alegría.
“Vamos a bailar” – me dice -. “En el bar están algunos chicos de la tropa”.
Regreso pasada la media noche, empapado, agotado. Mi casa me acoge, mi mascota se acurruca en la cama.
Es otro día en la ciudad; pero… esta canción no la reconozco.
¿Y mi cabeza? ¿Dónde estuvo todo el día? Tal vez librándose de la dicotomía, tal vez cambiando de sintonía.

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