Deja de ahogarte.
Se dice, le dicen.
Lo repite hasta quedarse dormida, o al menos intentarlo.
No puede dormir molesta, nunca ha podido superar esa barrera entre llorar toda la noche o tomar una postura alpinchista.
El alpinchismo no le funciona.
Agosto llega como un portazo en la cara, pero de esos que son necesarios.
Estoy estancada en una relación donde él no puede manejar mi tristeza y yo no puedo manejar su frialdad – piensa mientras se seca los mocos.
Es ahí donde recuerda la explicación de por qué moqueamos tanto al llorar. Pero esa es otra historia.
Volvamos.
Hay que encontrarnos en el medio, sino vamos a continuar haciéndonos daño – le dice – ¿estás de acuerdo?¿estamos en la misma página?
Él no responde. No puede hablar con alguien que no es lo suficientemente inteligente para controlar el llanto.
No puede hablar con alguien que llora.
¿Es eso normal?
Llorar es, a veces, lo que más ayuda a mitigar el caos.
Llora en silencio – le dice sin mover los labios – llora sin que lo note.
Y lo intenta, de verdad lo intenta, pero se ahoga.
Ahí es donde empiezan los problemas.

Cuenta tu Historia