Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Conversaciones guardadas en la guantera y un esguince sin cura alguna

Creo que, en cierto momento, peleábamos mucho – le dice poniendo los pies sobre la guantera.

¿Por qué le dirán guantera a la guantera?

¿Dónde están los guantes?¿Qué pasó con la maletera?

Su mente divaga, no puede mirarlo a los ojos. Sabe que si los encuentra, el resto de lo que tiene que decir saldrá de 2 formas: sin tapujos ni bisagras, o, bajo un inevitable desorden premeditado.

Y eso la aterra.

Él tampoco la observa, ha elegido esperar a que termine (de una vez por todas) con ese pequeño discurso que ella tiene preparado.

Seguro lo ha tenido guardado por semanas – piensa – pobrecita, con lo mucho que le cuesta decir las cosas y ahora se planta acá, en siete palabras.

Ella lo mira y sonríe.

Han pasado 5 años de su ruptura y aún puede saber lo que él está pensando con solo mirar ese inexpresivo rostro que lo caracteriza.

Nos jodían muchas cosas de ambos – continúa – habían cosas que no terminábamos de aceptar del otro y nos mandábamos a la mierda con tanta facilidad como con la que la luna se pinta y despinta con el paso de los días.

Y así se nos pasó gran parte de nuestro tiempo juntos. – responde.

Èl se suma al monólogo de pura inercia, sin consciencia alguna, como si las palabras hubieran estado empujando esa puerta trabada por la desdicha de aceptar lo indiscutible.

Discutíamos y, aunque olvidábamos de donde había nacido la discusión, podíamos pasarnos semanas sin estar de acuerdo, sin estar en la misma página. Eras hiriente y yo agachaba la cabeza.

¿Qué es eso de agachar la cabeza?

¿Qué es eso de desconocerme para poder mantenerte en pie, en mi propia vida?

No se me ocurría otra salida -. continúa – No quería perderte.

Y ese último día, continuaron así por horas. Diciéndose todo lo que ya sabían, y todo lo que seguramente ya se habían dicho con otras palabras, muchas vidas atrás.

Sí, eran de esos que llevaban varias vidas cruzándose.

Esos que se encuentran y se despiden antes de cerrar el ciclo y perderse la oportunidad de encontrarse al menos una vez más.

Él abre la guantera y deja un papelito. Uno como ese que ella le dio antes de partir.

Esto ya lo hemos vivido, piensa.

Belleza en lo reincidente, belleza al soltar lo que ya no tiene de dónde agarrarse.

Texto guardado de hace algún tiempo, cuando todo estaba en espera, cuando el mundo era aún pequeño, cuando no había ese esguince que no termina de curarse y que, por cierto, va cargado de algo más que un ligamento débil y mal curado.

Bendito esguince, ya déjame caminar.

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