Abril o marzo del 2016.
Me desperté con la duda casi existencial de llevar o no mi abrigo verde que viene acompañándome hasta ahora.
Estaba por viajar a un lugar cálido y llevarla significaba cargar con un bulto innecesario y pesado.
Pero Salamanca se despertó fría.
Muy fría.
Salimos apuradas, de la única forma en la que sabemos hacerlo.
Llegamos a Madrid que estaba igual de fría y triste, y agradecí mucho no haber dejado el abrigo
Teníamos tiempo para tomar el avión así que nos sentamos a tomar un café y una bollería.
Estaba esta sensación de pertenencia. Esa que se consigue después de estar un tiempo en un lugar. Adecuación, si es que la palabra logra calzar en lo que se está sintiendo al tomar café como si fuera lo usual.
Adecuadas al metro o tren, a las confusas pero a la vez muy prácticas conexiones.
Todo se vuelve mas sencillo.
Y viajar resulta más y más divertido.
Siempre lo será.
Porque nunca sabes lo que pasará o no.
Dónde despertarás por la mañana.
En una habitación matrimonial en el último piso de un Riad escondido en el casco histórico de Fez.
En un hotel a puertas de Merzouga.
En Jaima Berebere en medio del desierto del Sahara, donde por cierto comiste muchas naranjas y disfrutaste de una fogata con nómadas bereberes cantando y tocando cajón.
Las estrellas se escondían tras dunas gigantes mientras el mundo giraba y tú pensabas que era el hachis haciendo efecto.
Donde no dejabas de reír.
Mientras no podías encontrar las tres marías porque bueno, tu vista no es la mejor por la noche.
Nunca sabrás qué personas se cruzarán en tu camino.
Aquellas con las que quizás intercambies algún tipo de contacto o que realmente nunca vuelvas a ver.
Aquellas que te contarán su historia.
Probablemente no toda, probablemente con cambios circunstanciales, pero, aún así te darán esa parte de ellos y tú harás lo mismo.
Pies que pican por seguir caminando.
Por seguir tomando fotos rápidas y borrosas que nunca revisaré, o que lo haré 3 años después cuando quiera liberar espacio de mis memorias.
Otras buenas y precisas, para luego verlas y sonreír en el camino de regreso.
Sonreír mucho porque estuve en lugares hermosos, rodeada de gente increíble que, así como yo, cargaban su propia mochila.
Casi un mes después de haber estado en Marruecos, me cuesta creer que realmente estuve ahí.
Viendo las siluetas de las personas a contra luz mientras el sol se ponía y salía entre las dunas.
Sobre el animal mas incómodo en el que he estado.
Con gente de muchos idiomas y culturas.
Todo pasa tan rápido.
Quiero y no quiero que así sea.
Me he convertido en esas fotos borrosas que no tienen trazos definidos, ni rostros, ni lugares, ni siquiera ya tienen sensaciones o sabores.
Tal vez solo necesito que el reloj se detenga.
Solo por un minuto.
Ahí en el aire.
Viajando en el tiempo.
En medio de ese pedacito de paz que existe en la mudanza.
Mudanza física, mudanza existencial.
Tal vez es ese anhelo a hogar que parece estar en todo sitio.
Allí donde nunca terminas de poner la planta del pie.
Saudade.

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