Pasaron 7 lunas para finalmente llegar a algunos acuerdos.
Aún duele y extraño tenerla en mi vida.
Cagarnos de risa.
Cocinar, dormir juntas.
Limpiar la casa, salir a caminar.
Contemplar la luna, fumarnos un porrito.
Irnos de paseo y tomarnos unas cervezas en algún pueblito lejano, ajeno y místico.
Extraño sostener mi vida junto a la de ella.
Nuestras manos entrelazarse.
Expandirnos, volvernos infinitas.
Convertirnos en puntos extensivos.
La extraño, sí, pero ya no me hace falta. Hay una línea delgada en esa cuestión que cierta vez, en cierto tiempo, fue dependencia disfrazada de amor.
No puede ser lo mismo.
La soledad cambia las cartas y agrega algunos peldaños de independencia y amor propio, y empiezas a prescindir de alguien, de pronto ya no tienes la necesidad de tener a la otra persona cerca.
Han pasado los meses, te das cuenta que el tiempo existe solo para dar paso a nuevos caminos y aunque aún duela, observo cómo nos volvimos interrogantes de nosotras y nuestro tiempo juntas.
El dolor se transforma y la recuerdo con amor.
Como un abrazo que dura muchas vidas y muchos rostros.
Nuestra vida compartida se siente lejana, ajena y mística, como esos pueblitos que visitábamos los domingos.
Un enredo, un garabato entre montañas y el sonido del mar.
¿Qué es eso de extrañar a alguien?¿Qué es eso de sentir una ausencia?¿Qué es eso de escarbar en la nostalgia hasta llegar al hueso de la contrariedad?
Basta, no estamos para nimiedades.
Suelta aquellas ideas que flotan en agua estancada.
La vida se abre paso al otro lado del mar.
Y si todo cae por su propio peso, entonces solo déjalo caer.

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