Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

La gorda, otra vez

La sala a oscuras.

Silencio, pasos discontinuos y una chica, con poca gracia y pocas ganas de levantar la mirada, se ha sentado en el centro.

Con mucho cuidado, y firmeza, coge la copa de vino y vierte su contenido en la alfombra.

Algunos se sorprenden.

Parecía ser un buen vino desperdiciado.

Ella suelta una carcajada poco convincente, levanta la copa, también la mirada y comienza su monólogo.

¿Y que habrá sido de la gorda, no?

Dos copas de vino y ya se estaba poniendo saltona y ocurrente.

La gorda y sus manías.

Parece que cerró el restaurante y regresó a España a abrir un nuevo lugar de tapas en el centro de Madrid.

La gorda y Madrid.

Ya no recuerdo su cara, solo recuerdo su cuerpo rechoncho, sus anillos en los dedos y un mandil a cuadros que se puso solo para servir 4 cosas a dos jóvenes enamorados.

En ese entonces el sueldo sólo alcanzaba para dos tapas y una copa de vino.

Creo que ahora pediría un surtido de tapas y una botella de vino.

No porque el sueldo haya cambiado considerablemente a mi favor, sería más por los gustos adquiridos con los años.

Le diría a la gorda que nos acompañe y hablaríamos hasta las 2 de la mañana.

A puertas cerradas.

La gorda invitaría la siguiente botella, los jóvenes se darían cuenta que no estaban realmente enamorados y cada uno, al salir del restaurante, tomaría rumbos distintos.

Llegué a Madrid el otro día y busqué su restaurante.

Se llamaba «La Gorda» cuando abrió en Miraflores.

A mitad de la segunda botella le pregunté su nombre, me dijo que ella era «La Gorda» y que así le gustaba ser llamada.

¿Habrá mantenido su nombre?

Quizás adelgazó.

Entonces busqué el restaurante llamado «La Flaca» pero tampoco di con ella.

Sólo se me apetecía saludarla y contarle que hace años llegué a ella de casualidad y hablamos de las banalidades de los seres humanos.

Años después, sigo recordando a esa mujer de mirada alarmante y buen sentido del humor.

De él no volví a saber más y eso no me afectó.

Por esos años no conocía lo que era estar enamorada, todas sus facetas y los improperios que arrastra el amor en su pico más alto de insensatez.

Dichosa yo.

Y que terrible no saber apreciar esos años de desconocimiento.

Ya no hay vuelta atrás.

Ay, gorda.

¿Dónde estarán tus tapas y tu vino?

Un hombre llega con un trapeador y una botella de vino.

Con una mano limpia el vino derramado, sin mucho éxito por supuesto, y con la otra llena la copa.

Es malbec – dice el buen hombre.

Ella lo piensa por unos segundos y vuelve a verter el vino sobre la alfombra.

El eco del asombro retumba por toda la sala y luego, silencio.

Una mujer parece querer levantarse y la toman del brazo para que no interrumpa la escena.

Seguro ese sí era un buen vino.

Ella se levanta, mira a la mujer que quiso salvar el vino y deja la copa en el piso.

Continúa.

Estamos hablando de algo que ocurrió en el 2017, es muy probable que yo en ese entonces no fuera tan propensa a tomar malbec.

La gorda quizá me haya invitado un tempranillo y yo, sin saber qué diablos es un tempranillo pero adormecida por cómo bien suena esa palabra, se lo acepté complaciente.

Poco a poco empiezo a tener la sensación que quizá nunca fui a La Gorda acompañada, qué tal vez estaba tan sola como lo estoy ahora.

Que fui un martes por la noche en lo que salía de la oficina, me pedí dos tapas y una copa de vino y hablé de todo con la gorda.

De lo bueno, lo no tan bueno y lo incómodo.

¿De qué se habla con un extraño?

Pues de lo que sea, las cartas están extendidas sobre la mesa y las posibilidades son infinitas.

Levanta la copa del piso y la extiende esperando que venga el buen hombre a servirle más.

Antes de hacerlo, el hombre retira cuidadosamente la alfombra.

Claro, puedes repetir un error dos veces pero nunca 3.

3 ya es de estúpidos.

El mundo está lleno de estúpidos.

Sin conocer la marca ni el tipo de vino que le estaban sirviendo, esta vez ella si toma de la copa.

Se escucha un suspiro sordo y complaciente.

Ay, gorda.

Nunca recordaré el sabor del vino que tomamos esa noche, ni recordaré la textura de las tapas que pedí de pura mona.

Quería parecer interesante y conocedora del mundo, las citas me ponen nerviosa.

6 años después, solo me interesa tener una cena agradable e irme a dormir temprano.

Así sucede siempre.

Todo lo que vivimos, cada acción que tomamos, cada giro a la derecha y no a la izquierda, cada parada, acelerada y cambió de dirección, todo es completamente irrepetible.

Nada de lo que hagamos en este instante, y en otros instantes a lo largo de nuestra vida, va a suceder de nuevo.

No vertí la copa de vino dos veces de la misma manera.

No era el mismo vino, no tenía la misma intención y definitivamente no cayó de la misma forma.

Sino miren la mancha en la alfombra.

Es la gracia de la causalidad.

Es un porvenir cauteloso que le da valor y confirma veracidad a lo que mi abuela siempre dice cuando le digo para jugar cartas y ella no tiene ganas.

«Mañana será un nuevo día».

Nunca veré a la gorda de nuevo, eso es un hecho inefable, pero si puedo seguir tomando muchas copas de vino sin derramarlas sobre la alfombra de la misma manera.

Aceptar la vida como venga parece ser conformista, pero es en realidad un acto minimalista.

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