Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Se me rompieron las luces de navidad.

Bueno, de navidad no tienen mucho.

La primera navidad la pasaron empacadas en algún lugar de mi carro.

Empacadas y sin hogar porque recién había dejado mi casita en Mascabamba para irme a pasar un tiempo en el norte con mi novia.

La segunda navidad la pasaron empacadas en algún lugar de mi maleta.

Empacadas y sin hogar en la chacra de un tío ubicada en la Yarada, porque yo había decidido pasar un tiempo en el sur para recuperarme de la ruptura con mi novia.

Muchas cosas cambian en un año.

Narrar cómo a veces a la vida se abre paso solo acrecienta la ironía de nuestras acciones.

Vamos a llamarlas luces de mudanza para olvidarnos un poco de la navidad y lo triste que se vuelve con el paso de los años.

Volvamos al presente.

Estaba tendiendo la cama que se había llenado de arena por mis largas caminatas de la mañana.

Arena que se me queda pegada a los pies mientras intento que el Emma disfrute el mar conmigo.

No me sacudo la arena antes de volver a la casa, tampoco tiendo mi cama todos los días.

Pero, este día en particular, ya me había estado sintiendo incómoda al dormir con tanta cosa sospechosa que se me pega a los pies de tanto caminar descalza.

No me importa, pase lo que pase seguiré caminando descalza donde y cuando pueda, es la mejor sensación del mundo.

Una no puede vivir de sensaciones, pero le da un agradable agregado a la vida.

Entonces en lo que la tiendo, y las luces están mal conectadas, empiezan a titilar hasta que paran.

«Uy, creo que se quemaron» – me dice mi hermana.

No le di importancia en el momento, pensando que esas luces no podían, ni se atreverían, a abandonarme nunca.

Pero casi todo en esta vida es efímero, sobre todo lo material.

Probé las luces en todos los tomacorrientes de la casa y nada, las había quemado.

Tener TDAH y haberlo descubierto hace menos de 1 año, me debería haber enseñado a no apegarme a objetos materiales dada la tendencia que tengo de perder, romper o malograr cosas.

Sin embargo, esas luces eran más que un objeto de simple uso y ya.

Esas luces las conseguí después que mi vecina me robara la lampara de escritorio que había llevado a Cusco cuando me mudé.

Siempre dijeron que era el dueño de la casa que entraba y se llevaba cosas, pero después de encontrar mi billetera, escondida y vacía, en la maleta de mi vecina, tuve mis dudas sobre la acusación que le habíamos hecho al pobre hombre urubambino.

Ahora, quizá el hombre no era un pan de Dios tampoco.

Quizá eran compinches de crímenes no muy bien organizados.

Nunca lo sabremos.

Esas luces las conseguí haciendo un trueque.

Yo no le cobraría la lámpara a la que me arrendaba la habitación, que luego se convertiría mi amiga, y a cambio me quedaría con las luces que estaban ahí cuando llegué.

Las dos salíamos ganando.

Ahora que lo pienso, probablemente nunca usaría esa lámpara de escritorio, pues ni escritorio tenía y no me iba a comprar uno en el corto plazo.

Me mudé con muchas cosas a Cusco.

Muchas que no necesitaba.

Me mudé empacando mi auto a tope solo para poder decir que todo lo que poseía en esta vida entraba en mi auto.

No era cierto y no tenía que serlo.

Me mudé 5 veces en menos de 2 años y en cada mudanza fui dejando un poco de mí en cada espacio que habité.

Pero nunca las luces.

Me acompañaron en esos primeros meses en Rumichaca, luego otros meses en Mascabamba, luego otros meses en Ayllupampa.

Ahí cumplieron, creo, su rol más bonito.

Iluminaban nuestra cocina por debajo del mostrador que lo usábamos como barra. Había colocado una de mis bufandas encima y por debajo pegamos las luces de manera que alumbraban el espacio sin ser realmente vistas.

Le daban un ambiente muy hogareño y cálido a la casita de dos pisos, pero que solo usábamos el primero, que mi novia nos había conseguido después de nuestros viajes de verano.

Extraño esa casa, tenía algo muy especial y conserva recuerdos muy bonitos de mi relación.

Nunca pude despedirme de ella.

Salí una noche con una mochila en la espalda y al regresar, temprano por la mañana, llegaba a una casa más grande y completamente distinta.

En Yucay nunca las usamos.

No me percaté de eso hasta ocupar por corto tiempo una habitación en Urubamba.

En Yucay estuvieron en algún lugar de la casa sin estar correctamente posicionadas.

Creo que nunca terminé de desempacar en esa casa.

No es bonita esa sensación de no establecerse correctamente en un lugar, no darte ese momento, no hacer ese ritual.

Tenía muchas cosas esparcidas por toda la casa y sobretodo en dos maletas grandes.

Maletas llenas de cosas que ni sabía que tenía, ni porqué las tenía.

Las cosas son solo cosas hasta que le das un valor sentimental, como esas luces.

Aún se me estruja el corazón cuando pienso en Yucay, y resulta satírico pues fue Yucay que me invitó a mudarme a Cusco en primer lugar.

En mi quinta y última casa coloqué las luces sobre un armario cerca a mi ventana, y supe que gracias a ellas podía tener la sensación de hogar que tuve en Ayllupampa y Mascabamba.

A veces parece que el hogar no existe, y la casa mucho menos.

Por eso me dolía tanto haberlas quemado de una forma tan tonta.

Mi hermana no entendía mi frustración, y al mirar las luces y querer llorar a mares hasta quedarme dormida, no había otra explicación más que esa sensación de haber perdido un hogar en mis manos.

Me tragué el llanto, desconecté las luces y me propuse aceptar el hecho que un objeto no podía significar un hogar.

Que, encima, yo le había atribuido injustamente esa condición.

Al día siguiente las recojo para botarlas y terminar de una vez este sufrimiento que yo solita me estaba infringiendo.

Ya muy cerca de la bolsa de basura, decido probarlas una vez más, solo para cerciorarme de no cometer un error del que no pueda volver, dada la naturaleza de los errores.

Las luces prendieron.

No lo podía creer.

Tanto llanto interno y desfogue de palabra tras palabra, recuerdo tras recuerdo ¿para que prendieran como si nada hubiera pasado?

Las probé, nuevamente, en muchos tomacorrientes hasta que vi que quizá no era lo mejor y que ahora si se podían quemar.

Las volví a colocar en su sitio y les di las gracias por no abandonarme en estos tiempos de harta movida emocional.

«Tal vez solo necesitaban un respiro» – pensé.

Ahí estaba la respuesta a todos mis problemas.

Bueno, no a todos, pero sí a una buena parte de ellos.

Así como ellas, yo también necesitaba un respiro.

Necesitaba quemarme una noche para luego despertar con mejor semblante.

Ellas no tenían que cargar con la condición de hogar, ese era mi trabajo.

Hogar fue mi novia en algún momento.

Hogar es el Emma cuando miramos el atardecer y luego esperamos a que el cielo se ponga de muchos colores.

Hogar son mi papá y mi hermana siendo mi soporte sin percatarse de ello.

El hogar no debería tener un lugar físico para existir.

Ese lugar físico soy yo.

Solo necesitaba que unas luces que conseguí por un trueque me lo explicaran al tomarse un respiro de mi y mis complejidades humanas.

No necesito más mudanzas físicas, y tampoco las debería tener, antes de primero haberme desempacado desde adentro, desde mi raíz, desde mi propio hogar.

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