Salimos a las 4 de la mañana.
Pasamos por la casa que dejaba atrás, cada risa, cada abrazo, cada café en el jardín y cada minuto que pasé en ese techo con una vista que ahora llevo en mi brazo.
Me despedí de Yucay y de ella en madrugada.
No es bueno despedirse tan temprano por la mañana.
Ibamos tranquilos manejando entre las montañas.
Ibamos despreocupados e irresponsables también.
Como cuando dejas la hornilla prendida en la cocina y sales a tomar sol.
Había posibilidad de incendio.
Siempre la hubo.
Cusco se ve infinito en la carretera, un paisaje es mejor que el otro, cada lago está un poco más alto que el otro.
Casi dos años viviendo acá y siempre manejar de valle a valle se sentía como la primera vez.
Música, ventanas abajo y aire frío en la cara.
A causa del paro, ya nos habíamos desviado bastante de la ruta principal, pero teníamos que partir ese día y ese día unicamente.
El mapa nos decía que estábamos en lo correcto y la trocha seguía siendo trocha hasta donde veíamos.
Pasamos una curva y una zanja nos detuvo.
Ahí es cuando sentimos ese aire frío verdaderamente cusqueño, porque Cusco es más que sus paisajes y belleza interminable, especialmente ahora, cuando en las protestas se escucha una voz ronca de fondo que exige guerra civil.
Pero vamos por partes.
La zanja, que tenía unos 2 metros de largo y 3 de profundidad, estaba custodiada por un comunero de Tungasuca.
Las indicaciones eran claras, Tungasuca apoya el paro y sus habitantes no van a permitir el paso de cualquier persona externa.
Nos quedamos observando la zanja, asombrados por la firmeza con la que se había excavado.
Una moto llega a los pocos minutos y después de intercambiar algunas palabras sobre una segunda ruta alterna, la moto pasa por el cerro, rodeando la zanja y al comunero que nunca quitó su mirada seria y nunca soltó su pala en mano.
Dimos media vuelta y manejamos por otra hora.
Esta vez no hubo zanja, hubieron carros y camiones en fila, algunos hombres con piedras en mano y unas mamitas usando chalecos de tránsito. Sostenían las palas tal como sostenían a sus bebés en la espalda. La indicación también era clara, aplanar y desaplanar el paso dependiendo de las condiciones y motivos de los transeuntes.
Minutos, solo minutos antes, ya habíamos pasado un bloqueo.
Me había bajado del auto y me había acercado al meollo con la buena intención de darles una corta explicación de por qué necesitaba llegar al sur y pasar con mi familia las fiestas.
– La cuota es de 30 soles señorita – me dijo uno de los comuneros.
– Tengo 10, voy hasta Arequipa.
– Vaya con cuidado.
Y así habíamos pasado, respirando ese aire frío que tanto queríamos respirar.
Me volví a bajar del auto, a pesar de que uno de los camioneros había hecho el ademán de tirar una piedra cuando quisimos acercarnos un poco más.
Nuevamente les expliqué porque necesitábamos viajar al sur.
Y en cada explicación, sentía un poco más esa sensación de equivocación.
Ese error que estaba por cometer.
Error disfrazado de acierto, o viceversa. Aún no queda claro.
El hombre me miraba con un tono burlón en su postura, pero ese hombre no estaba a cargo del paso, sino la mamita.
Ahí es cuando me arrepentí de nunca haber tomado esas clases de Quechua que siempre quise tomar, lo máximo que hice fue entrar al aula de Kari cuando enseñaba los números a las niñas y niños de 3ero de primaria, y ojo, que fue por pura casualidad.
La mamita no me pidió cuota pero al pasar igual le agradecí con unos soles.
Entendía su lucha, o al menos quería hacerlo, una parte de mí quería bajarse, tomar una pala y unirme al paro, lamentablemente este bloqueo de vías entre Pongoña y Yanaoca, que ni siquiera son rutas principales de tránsito, no llegaban ni llegarían nunca a televisión nacional, mucho menos al congreso ni a los oídos de la muy aclamada «usurpadora» Dina Boluarte.
Ya no íbamos tan tranquilos ni tan despreocupados.
Cusco seguía siendo hermoso, pero ahora tenía esta capa espesa de realidad que ponía un escenario tenso de comuneros y comuneras caminando descalzos por la pista, palas y sogas en mano y nosotros avanzando muy lento detrás de ellos.
La policía pasó y eso nos permitió pasarlos, y pasar también a las justas el bloqueo de unas mamitas justo antes de llegar a Quehue.
Ese es el Perú profundo del que la gente habla tan mal y no comprende.
Nos quedamos un par de horas en un bloqueo a la entrada de Pichigua.
Esta vez no había ni zanja ni mamitas con palas, esta vez estaba reunida la comunidad entera, donde cada uno tenía cierto tiempo para dar su punto de vista de la situación y las acciones que podían, necesitaban y debían tomar.
Eso sí, con algunas llantas incendiándose a los costados, para fortalecer su postura de paro.
Me acerqué a escuchar.
Me observaron observar, pero no me dijeron nada.
En espacios como estos es donde se siente más la brecha peruana, todo tipo de brecha, llámala como prefieras, no podemos ocultarla, se siente en la mirada, en el distanciamiento, en el mismo hablar.
Un chico que llegó en moto se me acerca.
– Y tú, de donde vienes – pregunta
– Vivo en Cusco, soy de Arequipa, viajo a Tacna.
Su gesto cambia, creo que no me cree.
Toma distancia y su atención regresa a las palabras del dirigente.
Me gusta observar los gestos, a veces son mucho más interesantes que las palabras.
Escuché un poco más la queja comunitaria de Pichigua, queja que se extendía por todo Cusco, Juliaca y Puno.
Queja que en realidad se extiende por todo el país y llega a oídos sordos por elección y no condición.
Lo cierto es que la queja necesita llegar a la capital para ser escuchada.
Parece también ser necesario un cambio de perspectivas, una apertura al raciocinio y un botón de parada de emergencia a la violencia que se viene impartiendo desde diciembre del año pasado.
Llegamos a Arequipa casi a medianoche, cansadísimos, y todavía necesitábamos avanzar aún más al sur.
Es enredoso movilizarse en época de inmovilización, pero aún hay incendios por apagar y si la protesta no es parte del empuje, entonces qué lo es.

Cuenta tu Historia