Te conocí en el río.
Entre el sonido del agua al chocar con las piedras y unos pescadores que pasaron muy cerca lanzando piropos, arruinando un poco la paz que se encuentra en los momentos menos buscados.
Nos bastaron solo unos días para congeniar de lo más lindo, para hablar de todo lo bueno y malo que nos había llevado a coincidir en la selva, entre mariposas azules, gallinas, lluvia y piedras de todos los colores y tamaños.
Tus piedras.
¿Dónde estarán todas las que recogiste en estos meses?
¿Dónde estará ahora el pionono que me olvidé de llevar a casa?
¿Dónde estarán las grullas que te regalé por tu cumple y que se rompían a cada rato al estar colgadas?
¿Dónde estarás ahora?
¿Habrás llegado bien a casa?
Nunca te lo dije, pero me ayudaste a salir de ese pequeño socavón que estaba cavando confundida mientras sanaba la aceptación del fin de mi relación.
Me ayudaste a poner mis pensamientos en orden, a decir en voz alta lo que era verdad y lo que no, y para cuando esa no tan agradable llamada llegó, yo ya tenía la mente clara, el corazón en calma.
La llamada terminó, saliste con una tercera cerveza, nos habíamos tomado las 2 primeras mientras tomaba valor para expresarme fiel a mis creencias y nos abrazamos muy fuerte.
Ahí supimos que 3 era el número perfecto para llenar los vacíos, pero claro, el chiste llegó después cuando ya vivías en el valle.
Había pasado menos de una semana y yo ya sentía que te conocía por años.
Ese tiempo en la selva me ayudó a sanar así que te doy las gracias por ese empujón, gracias por la carajeada que me diste cuando quise cargar con culpa ajena, gracias por esa risa tan fuerte que me zamaqueaba la cabeza, gracias por esas cervezas y conversaciones existenciales.
Gracias por existir, aunque sea solo un ratito, en mi vida.
No se encuentra a alguien así todos los días.
Coincidencias bonitas del universo.
Ritualitos que tiene una para vivir.
Selva sana, a mansalva.
Hay muchas cosas que se quedaron en una prolongada pausa a raíz de tu despegue, y es que, creemos que tenemos tiempo, creemos fielmente en el «otro día será…», creemos que somos inmortales.
Entonces actuamos como tal, posponiendo planes, caminatas, viajes, abrazos, frutilladas, cervezas.
No nos preparan para afrontar la muerte.
No tienen cómo.
Es inevitable y doloroso, es el ciclo de la vida.
Todo lo que empieza, termina; todo lo que vive, muere; casi nada dura toda la eternidad…
Pero el amor que te tengo sí será para siempre.
Aunque ya no compartamos el mismo mundo, aunque ya no hayan más cervezas que podamos compartir mientras hablamos de lo mucho que deseamos vivir y lo incierto que se pintan los años que vienen, aunque ya no haya Camino De Santiago, ni caminos que se abran juntos, en general.
¿Sabes qué es lo más bonito que me regalaste?
La historia de Emma y mía dibujada por tus niños.
Historia que aún no me siento a escribir, pero que la contabas tantas veces que hasta sentía que era en parte tuya.
Nunca te llevé a Chupani, bueno, pasamos por ahí pero había tanto miedo de no llegar con la luz del sol que te pasaste de frente sin saber que ahí debías pedir tu deseo.
Tanto miedo para tan poco peligro, como escribiste alguna vez.
Tantos planes para tan poco tiempo.
Todo este tiempo me dijiste que conocernos fue una de las cosas más lindas que te regaló el universo este año, ahora me toca decirlo a mi.
Un abrazo al cielo, hermosa.
Selva sana, a mansalva.

Cuenta tu Historia