Hoy maté, no intencionalmente, a una arañita (una araña mediana de patas largas y rojas, posiblemente venenosa) al intentar sacarla de forma pacífica de mi cocina y me sentí muy mal al respecto.
Era cerca del medio día, había estado lavando platos y ensuciando otros mientras revisaba mensajes y correos para ver qué pendientes tenía en mi(s) chamba(s). Entonces la veo, saltando y dando vueltas mientras intenta subir a mi pared, hacia mis tappers.
Y me pregunto ¿ahora qué hago con esta araña?
No me gustan las arañas, de hecho, les tengo algo de miedo y a veces sueño que mi cama se llena de arañas y me comen viva.
No es un sueño muy agradable, pero felizmente no es muy recurrente.
Entonces empiezo a evaluar si la dejo hacer su vida en mi cocina, o si su hora ha llegado.
Pienso en la posibilidad que de mi cocina trepe hacia mi cuarto, que esta cerquita, y luego hacia mi cama, y luego sería el fin, no podría volver a dormir en esa cama llena de arañas imaginarias.
Elijo ser un buen ser humano, en armonía con la naturaleza, cojo un vaso y la encierro ahí por un rato.
La voy a sacar de mi cocina y regresar al campo.
No se mueve, creo que no sabe lo que ha pasado. O tal vez, piensa que si se queda quieta, yo, su opresora, voy a retirar el vaso pensando que está muerta y ahí ¡zas! me mata de una mordida letal.
La imaginación puede volar mucho cuando una vive sola y no sabe lidiar con arañas.
La observo por un momento mientras espero a que la vecina regrese y me ayude a sacarla, pero la vecina no va a llegar en un buen rato, además, caigo en la conclusión que no siempre voy a tener una vecina buena gente que me ayude con las arañas.
Vamos Antonia, vives en el campo, vas a tener que lidiar con arañas toda tu vida – me digo.
Pasan algunas horas hasta que tomo el valor de realizar la acción bondadosa del día.
Busco algo plano para, con mucho cuidado, levantarla, llevarla al campo, pedirle que por favor no vuelva a mi dulce hogar y dejarla libre.
Después de algunos malabares y tener la piel erizada bajo la posibilidad de que haga algún mal movimiento y la araña se me escape, logro levantarla del piso.
Salgo cuidadosamente de la cocina.
Las manos me tiemblan, estoy sudando frío, unos pasos más y llego a la puerta.
El Emmanuel, mi perro de las montañas, se cruza en mi camino, balanceo pero no se me cae la araña.
Tu puedes – me digo – ya estaS cerquita a dejarla en libertad y seguir tu vida.
Salgo al caminito cerca al canal, pienso caminar hasta el maizal, ahí tendrá una bonita vida.
El Emmanuel se me vuelve a cruzar, piso una piedrita y la araña se me cae al canal, el vaso se rompe y el carton se moja.
La ahogué.
Observo el triste desenlace y a mi perro saltando de un lado a otro pensando que todo está bien.
No, Emmanuel, no todo está bien.
Quería salvar a mi amiga/no amiga arácnida, y la terminé ahogando.
Respiro pensando que tuve una buena intención pero las cosas no se dieron de la mejor manera.
Espero hacerlo mejor la próxima vez.

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