Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Andar descalza

Debió pedirle medias, aunque prefiera andar descalza.

El piso estaba muy sucio para andar sin zapatos, sandalias o algún tipo de soporte que sirviera de intermediario entre la mugre y la planta de sus pies. A simple vista todo parecía muy limpio, pero ese color carbón de la loza no era cosa natural, sino petróleo.

¿Quién le pone eso a su hogar?

Sus pies empezaron a tomar una textura sospechosa y fue momento de confesar la verdad: había dejado sus sandalias a propósito. No le molestaba la idea de andar unos días con los pies sobre la tierra, el jardín, las piedras del camino, pero no contó con el piso carboncillo de la terraza. Nadie le advirtió, nadie lo sospechó.

Esa noche no le dejaron subirse al camarote sin haber sacado toda la mugre de su pies. No ensuciaría las sábanas en una casa que no era suya ni de nadie, aún. Ni aunque eligiera las sábanas azules, que resultan mucho mejor que las crema, si lo que se quiere es tener un tránsito invisible frente a los siguientes huéspedes.

Entonces, sin objeción alguna, se recostó en el vasto jardín a esperar la noche, esperar el frío y observar el cielo cambiar de colores. Es ahí donde reflexiona sobre cómo la noche cae muy rápido y las horas del día parecen no respetar la manecilla del reloj, aunque ya no suelen haber manecillas ni relojes cómo los que tenemos de referencia visual, ahora todo es digital.

Es momento de recordar Arizona, recordar el camper helado que los obligaba a meterse en doble sleeping y varias capas de ropa para poder conciliar el sueño, recordar un pueblito acogedor cerca a un muro que segrega con descaro y ahínco, recordar a una comunidad de artistas de todo tipo que disfrutan las tortillas y los burritos, recordar a una pequeñita que tiene toda su vida por delante y a unos papás que construyen su casa soñada poco a poco.

Extraña el cielo de Arizona.

Lo extraña como si hubiese vivido allí más de 30 años, como si su vida dependiera de ese lienzo pastel, de esa transición perfecta de los tonos del arcoíris. Eso era, arcoíris sobre su cabeza. Una figura tácita que podía despertar muchas emociones en milésimas de segundos, al unísono y sin contacto alguno.

Ella, aunque lo quiera negar, no se percató del cielo en un inicio.

Ha vivido, por casi 10 años, en una ciudad que se caracteriza por su apariencia gris y lúgubre la mayor parte del año. Aquello puede justificar el olvido de la belleza de los amaneceres y atardeceres, pero, una vez que la encuentras, es imposible regresar al estado inerte en el que te encontrabas.

Ha caído la noche y ella sigue tendida en el jardín. Hace frío, tiene que ceder ante las reglas de la casa: es momento de lavarse los pies y ponerse las medias, aunque prefiera andar descalza.

Ahora sólo buscará cielos así, que te despierten los vellos de los brazos, que te despeinen las ideas, que te hagan hacer una pausa en el caos de tu mente, que te quiten la mugre de las plantas de tus pies.

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