Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Preámbulo

No pasó mucho para que le escribiera a su madre. A modo, quizá, de enmendar las visitas que no pudo realizar, lo recados que no llegaron a tiempo y las tareas inconclusas que desde los doce le escondía bajo el colchón para que nunca apareciera en la puerta de la escuela exigiendo más esmero en la enseñanza de su única hija mujer, la última que tuvo de su familia de siete, contando a la abuela por supuesto.

La última y la favorita, por lo menos hasta que se fue de casa y entendió que no iba a regresar para fiestas, para pasar a saludar o llegar con un postrecito después de la misa de domingo. No. Ella andaba muy ocupada para hacer esos favores. Sus hermanos mayores si eran más considerados con los padres, atentos, detallistas, incluso el que vivía en el extranjero. Con ellos sí habían visitas prolongadas, nietos embadurnados de bloqueador, café pasado y pie de limón. No era por la diferencia de edad, modo de crianza, ni mucho menos favoritismo. Probablemente no era nada específico, sino quizás algo que se fue construyendo a medida que ganaba libertad.

Dos años después de los repetidos incidentes bajo el colchón, y por supuesto otros lugares de la casa, ella se acercó con el cuaderno abierto y su madre le respondió que no, que ya estaba muy grande para que le revise las tareas y que de ahora en adelante se encargaría de supervisar, a una sana distancia, como se desenvolvía en el colegio, en la vida. Cerró el cuaderno y se encerró en su habitación a estudiar. Y estudió tanto que salió del colegio con la mejor nota. Y poco tiempo después salió también de la universidad con la mejor nota. Y así, de mejor nota a mejor nota consiguió el mejor trabajo y dejó de visitar a sus padres.

Se dejó llevar sin impedimentos a un estado de superación y éxito que nadie entendió jamás y que dejó a todos boquiabiertos cuando, después de 11 años, renunció a un sueldazo y se fue a vivir a tres horas de Lima, al otro lado del mar, convencida que la muerte de su madre había sido el terrible desenlace de las incontables veces que ella le cerró la puerta de su departamento, con cualquier excusa y bajo cualquier circunstancia, por estar absorta en llevar una vida social activa y ficticia, tener el carro del año, cada año, y observar cómo la cifra crecía en su cuenta bancaria.

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