Agarraron unas almohadas y se fueron a mirar las nubes.
Las formas que tomaban, las historias que contaban. ¿Qué tanto tienen para decir las nubes? ¿Qué historias aguardan entre paso de ciudad a ciudad? ¿Que era lo que les gustaba más: las nubes o estar entre hermanos?
Eran 10 hermanos. Todos en el patio trasero de esa casa donde pasé mis primeras navidades, y las únicas donde he sentido que tengo una familia numerosa. Una de esas que utilizan todas las mesas de la casa para poder recibir a toda la familia, y que aún así, se sentía como si faltara espacio.
Los recuerdos de esas navidades se acortan pero siempre quedan por ahí rastros de esos mini panetones a media noche entregados por la mami carmen. El chocolate caliente, el árbol flaquito y muy colorido.
Esa tarde vimos las nubes y ella, nostálgica y recontra lora, recordó aquellos tiempos en la calle Jerusalén, donde ahora hay un hotel. A sus hermanos, la falta de preocupaciones, la vida particularmente simple, y la ausencia de celulares.
A veces no me percato lo mucho que odia que usemos los celulares en la mesa. A veces no me percato que cuando me está contando una historia mi mirada se desvía a esa pantalla negra y seductora.
Luego regreso a ella y me encuentro con las mismas historias que nunca dejarán de gustarle. Debo estar más presente, repito y repito.
Son las mismas historias de hace años y es la misma emoción e interés con el que las cuenta. Cada vez hay algo nuevo, un detalle, algo omitido o recién recuperado.
¿Cómo puede tener una memoria tan vasta? ¿Cómo hace para no olvidar?
Me hubiera gustado conocerla cuando era joven. Bellísima, habladora y alegre. Me hubiera gustado jironear con ella, ir por un capuchino y a la playa. Salir a bailar y pasarla pipa.
No han sido muchas veces pero me gusta verla bailar. Es un poco descoordinada pero ganas no le faltan. Me pregunto si alguna vez vamos a poder repetir esas fiestas en familia, esa hora loca donde rebasa el confeti y los accesorios coloridos.
No la abrace toda la cuarentena por el miedo de que se enferme, pero ella no se ha enfermado en 80 años y no lo hará en los próximos 20. Ella tiene para rato y seguramente está mucho que mejor que cualquiera. Ella es eterna, así como sus historias y las nubes.
Qué ganas de abrazarla infinitamente y decirle lo mucho que la quiero, que es mi segunda madre, y que gracias.
Esta va para mi mamanita, que no es la señora Ana ni la señora Anita. Ella es blanca, la mujer de las historias eternas, la que nunca dejó de caminar a 100 kilómetros por hora, que se rehusa a comer cebollas ni tomates y se pone terca al respecto, que conoce el diccionario como conoce las plantas de sus pies, que tiene una afición con los casinos y el telefunken, y que al decir la hora utiliza frases como: son 7 para las 15.

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