Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Mal de fábrica

Tengo la leve sospecha que vine mal de fábrica.

Es un chiste antiguo de Alejo y Valentina, no lo tomes a mal: no le estoy llamando «fábrica» a mi madre. Eso nunca.

Pero últimamente, debido a una falla en mis rodillas, se me cruza mucho esta idea por mi cabeza.

Llegué al mundo en mal estado. Faltaron algunos inadvertidos ajustes que ahora a mis 25 cortos años de edad, se hacen notar.

Debo ser muy agradecida con el cuerpo que habito, sin embargo, me gustaría recalcar lo mal que están mis rodillas.

Por que eso hago. Me quejo de algo hasta encontrar en algo más de qué quejarme.

Hace unos años era mi espalda. Tomé varias terapias, incursioné en el yoga, más terapias, pastillas y finalmente, el dolor se acopló a mi día a día. Ahora no lo siento a menos que me enfoque en él.

Puedo estar todo un día sin percatarlo. Hasta que me acuesto y siento el alivio. Mi colchón me abraza y me dice ‘tranquila, ya estás en casa’. Es ahí, mientras me dejo seducir entre las almohadas y mis huesos se adormecen uno a uno, donde recuerdo que me he convertido en una señora.

Retrocedamos al meollo del asunto: las rodillas.

El dolor comenzó cuando comencé a correr en Colombia.

Me despertaba a las 5 de la mañana, salía del depa a las 5:30, caminaba a paso rápido con el cielo aún azul oscuro, las calles casi vacías, las panaderías abriendo sus portones, el olor a buñuelo y el transmilenio despertando la ciudad.

Extraño el transmilenio, era tan práctico.

Extraño Bogotá.

Corría entre 10 a 12 vueltas en un parque relativamente mediano. Las mismas personas corrían también a esa hora y con el tiempo empezamos a sonreírnos y entablar conversaciones paupérrimas.

Extraño el acento, la amabilidad, la jerga.

Esto sucedió por 3 semanas, más o menos, y luego llegó el dolor de rodillas. Bendito dolor de mis benditas rodillas.

Qué ganas de maldecir.

Me uní entonces a un grupo de yoga en el parque que a finales de Enero se trasladó a la casa de una de las profesoras por el frío horrendo de las 6 de la mañana.

Todo bien con la casa, pero habían gatos y me agarró una alergia fuerte. Benditos gatos.

¿No ves? No dejo de quejarme.

Le comenté el dolor de rodillas a mi profesora y me recomendó unos ejercicios buenísimos que aún recuerdo y practico. Pierna estirada, rodilla tensa, varias repeticiones hacia arriba, luego a un lado, luego cruzadas. Cambia de pierna y repite por varias veces. Es perfecto, pero duele la rodilla en el interín.

No volví a salir a correr.

La motivación se escurrió con mis ganas de dormir más por las mañanas. Me despertaba a ver cómo la ciudad se pintaba de varios colores para luego dormir hasta tarde y hacer mis cosas apurada pensando en lo improductiva que estaba empezando a ser a raíz del dolor de rodillas.

No hubo mayor problema hasta que me compre una bicicleta hace unos meses.

Por ahí escuché que el dolor de rodillas y el ciclismo no van bien juntos. Pero se me hace extraño pensar que todo ciclista tiene un dolor de rodillas que viene incluido.

Le di duro a la bicicleta y todo parecía andar bien.

Hace unas semanas se me ocurrió hacer 36 saludos al sol (calentamiento del yoga) diarios. Y ahí me volvieron a molestar las rodillas. No les hice caso.

Luego combiné los saludos con unos 30km diarios de bicicleta y ahí nuevamente el dolor de rodillas se hizo notar. No le hice caso.

Entonces la tragedia ocurrió: Un día no me pude levantar de la cama.

Me ardía tanto que en mi usual drama me llené de cremas y pastillas para el dolor. Tengo una terrible dependencia a la medicina, heredada del carácter hipocondriaco de mi querida madre, quien lo heredó de su padre, quien lo heredó de su tía, y así va escalando el árbol genealógico de los Cárdenas esa terrible paranoia.

Decidí darle unas vacaciones a mis rodillas. Unas cortas vacaciones porque con esto de los Domingos sin carros dan una ganas incontrolables de andar fuera de casa.

Rodrigo me dijo que me espere, que no sea ansiosa, que las calles no se van a ir a ningún lado y que la pandemia tiene para rato, pero no le hice caso y las vacaciones duraron un par de días. Que malas vacaciones, pensé.

Soy muy buena en eso de no hacerle caso a la gente.

En una última salida de 30 km a Miraflores mis rodillas de detuvieron en el cruce de Aramburú con Arequipa y me dijeron que me calme, que no iban a mejorar si no las escuchaba.

Ahí aplica el famoso ‘escucha a tu cuerpo’.

Eso hice. Todo va bien.

Seguiré reportando.

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