Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Día noventaiocho

No recuerdo la última vez que pasé el día del padre con mi papá.

Hace más de 8 años que no vivimos juntos.

Siempre confundo su cumpleaños con el día del padre porque son fechas muy cercanas. Y me atrevo a decir que probablemente mucho tiempo, siendo más pequeña, he pensado que no había diferencia entre una fecha y otra.

Total, las celebraciones siempre eran parecidas, siempre con muchas botellas de por medio.

A él nunca le ha importado tanto tampoco. O así es como yo lo observo.

Lo que más le importa y le preocupa es que nos mantengamos conectados, que conversemos siempre, hasta de las cosas más tontas y banales.

Tengo que admitir que por mucho tiempo no llamé a mi papá para conversar. No era a propósito, por supuesto, pero así se pasaron varios años de universidad: pidiendo sólo favores.

Con el tiempo dejé de hacerlo, pero aún cuesta formarme el hábito de llamarlo seguido.

Nunca le he prestado mucha atención a estas fechas, sin embargo, hoy pasó algo interesante.

Lo llamamos temprano para saludarlo.

Yvanna, mi hermana menor, le estaba enseñando su regalo, que por cierto no llegué a entender y que además tenía un poema sacado de Google. Ella lo confesó sin ningún problema y él agradeció su honestidad.

En algún momento de la llamada mi papá empezó a cantar el Ave María de Schubert. Daniela y yo no dudamos en seguirle la corriente mientras Yvanna nos miraba fascinada y sin entender qué sucedía.

Nos matamos de la risa y recordé cómo era pasar un día del padre con él.

Llevo cantando esa canción muchísimos domingos desde que tengo uso de razón.

Mi papá siempre encuentra los mejores momentos para cantarla y es inevitable seguirle el juego.

Este año tocó celebrar nuevamente a distancia y agradezco mucho eso: sin botellas de por medio, y con una canción y complicidad que siempre van a encontrar un lugar entre nosotros.

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