Me senté en una banca rota.
Había estado caminando bastante y ya era momento de parar. Le faltaban unas tablas y lucía un poco enclenque, pero no me importó.
Me senté en una de las esquinas y, en esa aparente comodidad, le dije a mi papá que tenía deudas.
Muchísimas, desastrosas.
Él se rió, me agarró fuerte de los brazos, y no dijo nada más.
Dos semanas después conseguí trabajo y, luego de haber firmado el contrato, anunciaron la cuarentena.
Sigo en esa banca rota, pero ya no me puedo quejar con mi papá, ahora él está a mi lado.

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