Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Cierto día

Cierto día se le ocurrió algo.

El día que deje de pensar tanto – pensó – seré libre.

Había quedado en ir al teatro con su compañero de piso, de ese entonces, e iba muy tarde.

Caminó al paradero con apuro y una cuadra antes de llegar, notó que la fila casi llegaba hasta donde estaba parada. En una situación normal ella hubiera dado media vuelta y avanzado hasta el paradero más cercano, sin embargo, aquella era una situación extraordinaria: estaba teniendo una fuerte discusión por teléfono y NO estaba llorando.

¿Será que se me acabaron las lágrimas? – pensó.

Pero, no nos desviemos.

Luego de haber pensado en su libertad y en aquello que la condicionaba a siempre estar un paso más atrás, llegaron otras afirmaciones tan improbables como la primera que se planteó en voz alta.

Improbables en su contexto actual. Improbables dados sucesos recientes que aprobaban su alto nivel de dependencia hacia otro ser humano. Improbables porque en fin.

¿En qué momento se había convertido «su mejor relación», en algo que hasta podría calificarlo, en alguna conversación con hartas cervezas encima, como tóxico?

He ahí una palabra que no nos gusta: tóxico.

Si te dicen, por ejemplo, que tu relación es tóxica, haces todo lo posible para desmentir esa afirmación y te comportas incluso de manera más tóxica que tu propia relación.

Nadie quiere aceptar que está en una relación tóxica.

¿Por qué?

Pues porque aceptarlo significa que TÚ eres el ser tóxico que insiste en quedarse con otro ser tóxico, para continuar viviendo en medio de la toxicidad. Y nadie quiere admitir estar en una situación así. Al menos no ante el resto del mundo.

Pero no me tomen a mal.

Ella lo ama.

Y no hay nada falso en esa declaración pero ¿hasta qué punto? ¿por qué amar la libertad privatizada?

Entonces, aún al teléfono, se puso a hacer esa fila interminable que la llevaría a cualquier lado, menos al teatro a tiempo. Los buses llegaban llenísimos y en cada parada se subían de 2 a 3 personas. En el mejor de los casos, había una 4ta persona que perdía el pudor y se pegaba lo más que podía a la persona de adelante. Qué peligroso ser la 3era persona en ese momento.

Deberíamos ser libres – le dijo por teléfono.

Él colgó y ella finalmente se subió al bus.

Al terminar la obra, su compañero de piso le preguntó que le pareció y ella no tenía la más mínima idea. Había ido al teatro para cerrar los ojos e intentar llorar pero, pese a sus grandes esfuerzos y un historial larguísimo de lloriqueos incesantes, no había conseguido más que enrojecer un poco su nariz.

Te amo y extraño tanto, que me siento encerrada en este deseo inmenso de estar contigo – le escribió por whatsapp.

Él no respondió y, por 5 días seguidos, él siguió sin responder.

Al 6to día, finalmente respondió.

No te entiendo – decía el mensaje – y tú tampoco me entiendes.

Cierto día, como aquel día del teatro, ella sintió una ganas repentinas e inmensas de llorar y se permitió hacerlo. Estaba en el bus camino a la escuela y, a diferencia de otras veces, en la misma ruta y el mismo horario, el bus iba medianamente vacío.

¿Por qué es importante mencionar esto?

Porque las personas se percatan más de otras personas cuando hay más espacio entre ellas. Y en efecto, un chico no dejó de mirar cómo ella lloraba libremente sentada en el bus.

No se veía triste, de hecho, se reía tanto que facilmente alguien escribiría después que había una loca llorando en el bus y que cómo la dejaron subir en ese estado. Anadirían pobrecita para cerrar el relato, y nadie nunca sabría de qué lloraba esa chica y por qué lucía tan feliz al hacerlo.

Pero ella no reía de loca mientras lloraba tanto que sus ojos empezaban a empequeñecerse, reía porque había extrañado tanto llorar, que hacerlo en el bus había sido lo mejor que le pasaba en semanas. Para ella, llorar era un cambio de sábanas.

Algunas, pero no tantas, semanas después, Bogotá lloraba en las calles cuando ellos hicieron las paces. Y en ese abrazo, ella sintió nuevamente la libertad.

 

 

 

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