Decidió arreglar su relación en el último mes del año.
Muy inteligente, ¿no?
Siempre dejando todo para el final, en cualquier circunstancia.
Su novio había llegado a Bogotá a fines de noviembre para visitarla y de paso, llevar un par de cursos relacionados a su trabajo. El orden de las prioridades no era relevante, lo que importaba es que estaba ahí.
Si claro – le diría una amiga semanas después – fue a chequear que no hicieras nada indebido.
Ambas reirían, ella dejaría pasar el comentario y seguirían llegando las pilsen a su mesa.
Después de tantas peleas, tantas líneas cortadas, tanto silencio en las llamadas, habían decidido ponerle pausa al mal trato y esperar ese reencuentro con muchas ganas. Era lo mínimo que podían hacer, y en realidad, era el último recurso al que podían acudir para salvar la relación.
Y se salvó – le contaría a su mejor amiga antes de irse otra vez por un tiempo.
No milagrosamente. Nada nunca resulta tan milagroso.
Poco a poco, fueron retomando los días enteros en cama entrelazando las piernas, el vino y las alitas, la risa inexplicable, las berenjenas a la parrilla, los abrazos tan largos como su sueño por las mañanas, etcétera, etcétera.
Diciembre les sirvió para reconstruir, para hacer borrón, pasar la página.
Un 31 de diciembre se quedaron en casa, abrieron varias cervezas y cerraron el año de la única forma que podían hacerlo: rescatando lo bueno, aceptando lo malo y empezando de nuevo.

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