¿Dieta? – me preguntó.
Nos miramos en complicidad.
Él sabía perfectamente que yo no era una persona de dietas, y yo sabía perfectamente que él me miraría de pies a cabeza y sabría si estaba haciendo o no dieta.
No – respondí – sucede que… he dejado de comer.
¿Por qué? – preguntó.
Porque estoy triste – respondí, intentando sacar mi mejor sonrisa a modo de reírme de mí misma, y mis estúpidas decisiones, claro.
Me miró conteniendo la risa por un momento, y luego explotó a carcajadas. Todo bien, me reí con él.
¿De qué estás triste? – preguntó – Si se puede saber.
Mi novio me terminó – respondí.
Volvimos a reír, porque claro, si observas la situación desde una mirada ajena, todo resulta ser muy chistoso.
Esta es la triste y patética historia de una chica que va a su doctor, que le regula el peso de acuerdo a un temita con la tiroides, después de casi 6 meses y le dice que ha dejado de comer porque le terminó su novio. No tiene mucho sentido, en absoluto.
No puedes dejar de comer solo porque estas triste – me dijo
Si puedo – respondí
Claramente – continuó – ¿pero dejar de quererte, y castigar a tu cuerpo, no aumenta más la tristeza?
Técnicamente, la razón por la que sigo visitándote es para bajar de peso – pensé – y ahora que lo hago, ¿te parece que significa que me dejé de querer?
Se me han ido las ganas – contesté – no le veo el punto, no me sabe a nada la comida, y bueno, también es parte de un capricho, una protesta silenciosa con muchas comas y pocos puntos.
Levántate – dijo – vamos a pesarte.
Esa parte, en la que debo subirme a una balanza y descubrir cuánto quería pesar mi cuerpo, no yo, mi cuerpo, siempre ha sido mi punto de quiebre, entre estar cómodamente sentada en la silla frente a él y luego pararme y enfrentar lo que sea que la balanza tenga que decirme. Pero esta ves no estaba ansiosa, ni emocionada.
Me di cuenta que solo existía, dentro de lo bueno y malo que estuviera sucediendo a mi alrededor. Con ese doctor me llevo súper bien. Todas nuestras conversaciones siempre se tiñen de sarcasmo y poco a poco voy soltando cosas mías personales, que no suelo contarle así de fácil a alguien.
Oye y, ¿Cuanto estoy pesando? – pregunté.
Estás en 54 – respondió, a su vez sorprendido.
Mierda – dije – he bajado entre 5 a 6 kilos en dos semanas.
Mierda – respondió – Tienes que comer niña.
No quiero – respondí – fin de la historia.
¿Cuán tonta podría ser al no querer comer?
Entre muchos motivos que existen para responder esa pregunta, fueron dos los que señaló como más importantes.
- Si ya me hicieron daño, y estoy pasándola mal por ello, ¿porque hacerme daño yo a mí misma, y pasarla el doble de mal?
- Hay tantas personas que quisieran comer en este momento y yo estoy acá pensando e intentando convencerme que no quiero comer porque no tengo ganas.
Subí esos kilos perdidos unas semanas después de lo contado, gracias a una serie de acontecimientos desafortunados que no solo me levantaron de ese estado de trapito al que suelo ir de tanto en tanto, sino que me exprimieron y me pararon frente a personas y situaciones con la cabeza fría, me hubiera gustado que fuera un poquito más fría, y asumiera mi vida y lo que estaba sucediendo.
Pero quiero llegar a lo que realmente importa.
¿Porqué nos importa tanto subir o bajar de peso? Más allá de los criterios estéticos convencionales. ¿Cuál es el gran afán con el mundo de pesar o lucir de cierta forma y no de otra?
Y por otro lado…
¿Porqué nos encanta sufrir y vivir intensamente el desgaste emocional que las separaciones suponen?
La vida sigue, tómala de la mano y camina con ella.
No volví a ese consultorio por dos años. En ese tiempo, subí y bajé de peso muchas veces. No volví a dejar de comer, aunque estuviera arrastrándome de tristeza por días. Hay una cosa que si tengo clarísima: uno aprende.

Cuenta tu Historia