El día que regresé a casa mi mamá pintó mi cuarto de blanco.
Después de dejar mis maletas y otras cosas en la sala, tocaba armar nuevamente la cama dentro del cuarto. Carlita abrió el cuarto emocionadísima y esperó alguna reacción por mi parte. Me quedé mirando el desorden y no dije nada.
Lo pinté de blanco – dijo mientras me mostraba las paredes.
Yo estaba hecha un trapo y llevaba varios días sin comprender ni interesarme de lo que sucediera a mi alrededor. Ella siguió observando las paredes como si se tratara de un logro personal. Una verdadera bienvenida que solo ella podía darme.
Estaba casi segura que cuando la llamé llorando contándole que me habían echado por un malentendido, sonrió un poquito y pensó «Mi hija regresa a casa«.
Resulta que en mi corta ausencia habían estado usando mi cuarto de depósito. La casa lucía más ligera cada domingo que iba de visita y era completamente comprensible. La naturaleza cachivachera de mi madre le impedía botar algo que llevaba años sin usarse y cada vez que intentábamos hacer limpieza profunda y donar la mitad de lo que teníamos, se ponía a revisar minuciosamente si todo lo que estaba en las bolsas no se podía arreglar o reutilizar. Nos terminábamos quedando con casi todo lo que intentábamos sacar y pues no, nunca se arreglaba o reutilizaba.
El día que fuimos a recuperar mis cosas de aquel departamento, donde por cierto vivía un gato muy metiche y reafirma mi desagrado hacia ese animal, Carlita estaba muy enojada y a la vez, empoderada. Mientras caminábamos por las calles de Miraflores hacia la puerta de ese edificio, sentía esos aires de heroína que tanto la caracterizan. No me molestaba que mi madre me rescatara, de hecho, me emocionaba saber que tenía una mujer así a mi lado.
Entonces me despabilé y observé las paredes blancas de mi cuarto. Eran tan blancas que hasta daba la impresión que nunca estuvieron sucias, ni mucho menos que la tierra que trae el viento de los cerros de La Molina llega a los rincones donde esa misma tierra parece nunca irse.
Está lindo el cuarto, ma. Gracias – dije y comenzamos a armar la cama.
Ese día armamos la cama al revés. Bueno, la armamos de la única forma que se arma una cama para que no se caiga a la primera dormida, pero la colocamos de tal forma que la cabecera miraba hacia esa pared blanca de la que mi madre tanto se enorgullecía y no a mi escritorio ni el resto de mis cosas.
Me di cuenta del problema casi un mes después de haber vuelto. Era domingo y Carlita estaba en cama viendo algún episodio de Friends.
Mi cama está rara – dije
¿Qué le pasa? -respondió
Creo que está puesta al revés – dije mientras me sentaba al borde de la cama y me ponía a ver Friends con ella.
Ninguna de las dos tenía mucho que hacer ese domingo así que el asunto de la cama quedó en pausa mientras hacíamos maratón de Friends. Unas horas después se unieron Pedro y mi hermana. Ahora éramos 3 personas y un perro que no tenían nada que hacer un domingo más que ver una serie por enésima vez.
Ya por la noche, y con toda la flojera que acarrea el domingo, fuimos a comprobar si efectivamente mi cama estaba al revés. La solución era simple: había que rotar la cama 360 grados.
Sin embargo, los domingos son de quedarse en casa y tratar de hacer lo menos posible. Ese es el plan de un domingo provechoso, por así decirlo.
Declaro los domingos días no aptos para bañarse – había dicho mi mamá cuando yo tenia algo de 6 años.
Desde ese entonces yo siempre la recordaba, entre muchas otras cosas, como aquella mujer que autorizó no bañarse los domingos. Mientras que eso seguía en pie año tras año, mi papá se bañaba doble para ir en su contra.
Casi dos años después de haber regresado a ese cuarto pintado de blanco, me desperté temprano con ganas de bañarme. Era domingo. Me tomé mi tiempo y de hecho disfruté la tranquilidad particular de ese día, al parecer, la vecina del sétimo piso tampoco baña escandalosamente a su hijo de 5 años los domingos muchas veces me gano con sus pataletas.
Quiero colgar cuadros, la pared está muy blanca – le dije a Rodrigo mientras él luchaba con el sueño – También quiero girar mi cama.
¿Te bañaste? -preguntó y asentí. Creo que en ese momento se sintió orgulloso de su novia.
Antes de ponerme a arreglar el cuarto, algo que debí hacer hace tiempo, llamé a Carlita.
Gracias por las paredes blancas ma, era justo lo que necesitaba – y colgué.

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