Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Pequeño Cuzco

12:14. Calca. Huch’uy Qosqo

El día que caminamos más de 10 horas nos pasaron muchas cosas, como siempre sucede cuando uno camina más de 10 horas.

Entre que nos comimos una barrita energética entre los dos y nos quedábamos sin agua, los mosquitos formaban una comunidad a nuestras narices y nos picaban por todas partes, incluso aquellas en las que uno piensa que el mosquito no tiene cómo llegar.

Cuando íbamos menos de 10 pisos le dije que ya no podía subir más. Me sentía cansada, agitada y terriblemente testaruda. Él se molestó, asintió con poco ánimo y empezó a descender.

Después de jugar un rato con el ego y el orgullo comenzamos a subir otra vez.

A los 40 pisos empecé a tomar un ritmo seguro y extremadamente lento. Pero sobretodo seguro.

Nos cruzamos con unos burros y los señores que los llevaban nos indicaron que faltaban unos 30 a 40 minutos. Con un sentimiento leve de victoria continuamos la subida, y pasado ese tiempo nos cruzamos con una pareja de gringos y su guía. Nos dijeron que faltaban de 50 a 60 minutos.

No llegábamos. Y al darnos cuenta de eso, nuestras paradas motivacionales empezaron a ser más seguidas y más largas.

Seguíamos subiendo y seguíamos si llegar. Él a veces iba por atrás para empujarme en las subidas más fuertes, y aveces se ponía por delante y me jalaba del brazo.

Empezamos a molestarnos, a sentirnos frustrados. Apenas teníamos agua y nos pasábamos la botella solo para mojar nuestros labios.

En un momento, entre el delirio del cansancio y la necesidad de hablar, maldije a la montaña. Él se volteó e hizo que me arrepintiera en ese momento. No podía hablar así de un lugar que nos estaba recibiendo y mostrando el camino. Mi queja no podía ser tan malagradecida hacía un espacio tan especial en medio Del Valle sagrado.

Terminó la cuesta y nos recibió un espacio grande con un par de casitas de piedras grandes, mismo Sacsayhuaman pero versión pocket.

Me sentí un poco estafada al respecto pero no se lo hice saber. La subida nos había costado a ambos y lo menos que quería era bajar sus ánimos.

A lo lejos estaba una casa, de la cual vimos el tanque de agua y corrimos (él más que yo) hacia ella. Y cuando finalmente estuvimos cerca al tanque, a la casa y a la oportunidad de tomar un poco más de agua, la vimos.

Una hermosa ciudadela de piedras grandes y tejados de paja a 3,600 msnm nos saludaba imponente.

Evidentemente comimos pan dulce con queso y nos quedamos dormidos entre un rebaño de ovejas.

El lugar estaba solo para los dos y ese era nuestro mayor premio.

A cerca de un mes de haber estado ahí, extraño mucho la subida, la frustración, el esfuerzo, la llegada y sobretodo, que mi compañero me empuje hacia adelante.

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