2:14 am. Surco.
Llegué a mi casa molesta. Rodrigo no sabía que me pasaba y prefirió no preguntarme, y claro, ante su indiferencia, empecé a hablar.
- Es que el taxista que me trajo era un idiota, le dije
-
Y se lo dijiste
-
Claro, en un momento el tipo se perdió con la aplicación en la mano, que le marcaba una ruta facilísima, y nada le dije que era un idiota
-
Yo te bajaba del taxi
-
Yo también, pero supongo que si lo hacía, se quedaba sin cobrarme y pues, estábamos viniendo desde Miraflores.
Nos quedamos en silencio. Él empezó a prepararse un té y yo me quedé pensando en la idiotez de las personas.
Lo cierto, de acuerdo a mis criterios de certidumbre e incertidumbre, es que todos somos idiotas.
De una u otra forma, lo somos y siempre lo seremos.
Yo por ejemplo, fui idiota al decirle idiota, porque no ganaba nada diciéndole idiota al pobre tipo que seguramente estaba muy cansado como para seguir correctamente un mapa.
Fui idiota al no ayudarlo y solo echarme para atrás en el asiento esperando que se diera cuenta de la ruta.
Rodrigo, por su parte, era idiota al permitirme que le contara una historia con tan poca importancia a esas horas de la madrugada. Él solo quería tomar su té, sin kion porque no había, e irse a dormir.
Las personas en general resultamos idiotas al darle importancia a tantas banalidades que ocurren a diario.
Somos idiotas porque nos permitimos serlo.
- A veces, incluso, la idiotez viene bien, le digo mientras doy vueltas en la cocina sin encontrar un espacio cómodo para apoyarme.
-
¿A qué te refieres?
-
A que, nos resulta inevitable ser idiotas. Somos humanos, nos equivocamos, una y otra vez, hasta que en algún punto dejaremos de hacerlo. Porque existe un aprendizaje de por medio, y si no llegamos a dicho aprendizaje, al menos no la cagaremos con tanta frecuencia.
-
Y todo esto, lo sacaste del taxista que se equivocó, responde.
-
Parcialmente.
Terminó su té, y nos fuimos a dormir.

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