Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Sin Hablar

Me parece impresionante cómo podemos quedarnos tanto tiempo sin hablar.

Tanto tiempo mirando a un solo lugar.

Como si tu vida dependiese de ello, en ese momento.

Me detengo, observo y pienso. Y luego ya no recuerdo lo que pienso, porque pienso en muchas cosas sin priorizar ninguna. Siempre lo he hecho, pero es ahora cuando más me preocupa hacerlo.

Porque esos pensamientos llevan a otros y vuelo, no de la mejor forma.

Vuelo con las alas rotas. Alas atadas.

¿A tí?

Mi mente hace eso: encuentra una idea y decide dedicarse a darle vueltas, una, dos, trescientas veces hasta que ya no quede nada de la idea inicial. Y no la suelta. Por supuesto que no. No lo hará hasta haber rebuscado tanto en esa idea, que ya no hay ninguna otra opción de encontrar, pues, absolutamente nada.

Haberla exprimido tanto que las últimas gotas de esta sepan amargas. Haberme exprimido tanto quizás.

Amargas, muy amargas, sobre todas las cosas, amargas.

Porque amarga es la vida, a veces.

Cuando tienes conversaciones que no pensabas tener.

Cuando amas tanto que duele pensar que quizás en un tiempo, ya no puedas amar más.

¿Por qué dejarías de amar? O acaso, ¿Empezarías amar algo más?

No alguien, eso es innecesario. Pero quizás tus gustos cambiaron, tus ambiciones, tu planes.

No haces planes pero a la vez, trazas en tu mente probables historias en probables lugares.

Y todo se pinta tan probable que hace improbable que suceda. 

Te levantas, ansiosa, tomas tu teléfono y lo llamas muchísimas veces.

Está ocupado y te lo ha dicho. Lo tienes clarísimo pero insistes hasta que te contesta enojado. Dos palabras y cuelga.

Te agarran días así, cuando ni siquiera tienes el tiempo para ponerte así.

Estás más sensible que nunca, te dice.

Y si, es verdad.

Es que mi amor, le dices, algo está por cambiar dentro de poco.

Qué cosa, te responde.

No lo sé.

Oh, pero si lo sabes, pero tienes tanto miedo que te contienes.

Cuenta tu Historia