Hicimos un pequeño tour por la ciudad que me vio crecer.
Pequeño para una ciudad pequeña.
Pequeño también porque el tiempo era corto, y él ya había estado acá hace unos 7 años.
Entonces claro, no era un conoce mi ciudad tour, era más un conoce los lugares donde tengo varios recuerdos tour.
Ahora que recuerdo, me faltó llevarlo al cole. No por algún asunto sin masticar, ni nada entre líneas, solo qué tal vez, la relevancia de la etapa colegio sin contar con la presencia de mis amigos, era en realidad muy baja.
Eso si es que quiero darle algún significado, y si no es así, pues entonces fue solo olvido.
Entonces subimos por Bolognesi camino a La Arboleda. Yo iba señalando casas, esquinas, restaurantes, todo lo que tuviera una o más historias en sus puertas y paredes, porque sin ellas, no serían más que pedazos de cemento y pintura.
Podría haber hablado mucho más en cada parada, pero se me fueron yendo las palabras mientras recordada.
Cosa extraña, pensé.
Hay tanto que me gustaría que supiera.
Encima a él, que le encanta analizar todo.
Comportamientos, gustos, actitudes.
Todo.
Como si pudiera precisar lo que nuestra mente añora.
Como si pudiera escabullirse en mis más absurdas ideas.
Sobre la vida, el amor y la juventud.
Sin darme cuenta, estábamos pasando por Pescacerolli, por Los Nardos y de pronto y muy de prisa, por la casa verde que ahora es coral.
Esta es mi casa de toda la vida, dije.
Y me quedé viendo la ventada del baño del segundo piso.
Por ahí sacábamos la bandera en julio, dije, era incómodo bañarnos en esas fechas.
Luego las ventanas grandes que iban del primer al segundo piso.
Una vez encontramos huevos podridos estampados contra esas ventanas, dije, creo que nos querían hacer brujería.
Luego la puerta de madera que tenía escrito Coronel Vidal 1840.
Una vez un chico, el que luego seria mi enamorado, me acompañó de la mano hasta esa puerta y se despidió con un beso en la mejilla, dije riendo, muy pero muy cerca a la boca. De eso ya han pasado 10 años, dije.
Y el carro siguió avanzando.
Y me comí el resto de historias que habían pasado por mi cabeza, por mis manos heladas en pleno verano y por el par de lágrimas que escondí hábilmente mientras nos alejábamos de aquella bonita casa verde, mi casa de toda la vida.

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