Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Rincón común

12:22. Vicente Guerrero. Coyoacán

Sentadas cada una al margen de la vereda, ensimismadas en pensamientos revueltos por tristeza e ira, cuyos propósitos no se encontraban muy certeros, los ladridos de unos perros entumecieron la calle.

Una de ellas voltea preocupada, la otra no se inmuta.

Los ladridos paran.

Un señor de mayor edad se baja de un auto que acaba de estacionarse al frente (o quizás había estado ahí todo esté tiempo) y abre la puerta trasera del auto.

Tiene esa caminada de señores de mayor edad, un tanto encorvado, lento, y con inicios de cojera (o una cojera crónica quizás, son todas especulaciones)

Saca la llave, abre la puerta y tres perros enanos, peludos y extremadamente blancos salen corriendo hacia la puerta de atrás del carro.

El viejo se acerca y cierra la puerta.

Se sienta en el asiento del conductor y se van alejando hasta que ya no los pueden ver.

Y por un momento, muy pequeño en realidad, fueron parte de un extracto de la vida de alguien.

Parte de un rincón común de tantos años.

Parte de un suspiro dentro del paladar de una vida que no volverán a ver, y de unos perros que no volverán a ladrar frente a ellas, pero si allí, y quizás si a la misma hora, y muy probablemente en el mismo lugar.

Y así, vidas ajenas pero muy cercanas siguen, se cruzan por segundos y siguen.

Y así como todo sigue, la tristeza y la ira, también siguen, muy sutilmente.

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