Y hubo un día, donde ya no tuve miedo de pasar por ahí.
Tampoco tuve que armarme de valor como otras veces. Eso si, no pude evitar levantar la mirada hasta el piso 11.
Uno de los vigilantes que me sonreía siempre estaba parado en la puerta, y como siempre, me sonrió y le devolví la sonrisa, con la de siempre, la de luna menguante.
Y me dieron ganas de preguntarle si seguían viviendo ahí, si alguien preguntó por mi.
Algo así como ¿Qué habrá sido de esa chica que causó tremendo conflicto durante una semana, para luego irse en menos de media hora del edificio?
¿Qué habrá sido de ella no?
Ella que tomaba taxis de la calle, que no se medía al tomar, que andaba curando penas con el abandono propio.
Después de casi 7 meses, recordé tanto el día que me fui de casa como el día que regresé a ella.
No fue de la misma forma que otras veces que había pasado por ese lugar que me humilló hasta los huesos. No fue tampoco con esa emoción de «oh wow me estoy yendo de mi casa» que tuve cuando recién pisé esa entrada para «quedarme».
Si, el día que me fui de casa pensé que sería para siempre, y no sucedió de esa forma. No es el fin del mundo.
Después de tantos meses de miedo y vergüenza, comprendí que era inevitable que me fuera, comprendí que me ayudó a crecer.
Observé a una versión mía más fuerte y decente. No fue de la mejor manera, para nadie, pero las cosas no van a cambiar ahora así que ¿ya para qué me hago rollos?
Solo eso, somos seres que mutan, que aceptan y finalmente, que sueltan conflictos internos.

Cuenta tu Historia