El recuerdo más bonito, y más reciente también, de mi papá fue cuando me dijo que me amaba.
Fue hace un par de años o tal vez menos, él estaba pasando por cierta crisis existencial como a todos nos toca eventualmente, me llamó y yo estaba en el trabajo, pero sus llamadas, casi siempre, son una gran pausa a mi día, entonces contesto y empezamos a hablar claramente ya no me acuerdo de qué.
Al despedirse me dice algo muy similar a un «te amo hija» o un «te amo andi», pero fue así, super tierno, simple, real y hasta extraño.
Extraño sobretodo, porque en mis 21 años de edad en ese entonces no tenía el recuerdo de el diciendome un te amo, y un te amo siempre pesa más que un te quiero. Un te amo es fuerte desde donde lo veas.
Lo cierto es que no debería ser considerado así, tan útopicamente lejano. Porque somos personas que debemos y merecemos amar y ser amados, en todas las formas posibles y siendo cada vez más sinceros y abiertos al respecto.
Pero bueno, volviendo al punto de este corto recuerdo, me resultó hasta complicado tener que acostumbrarme a un te amo, quizás porque necesitaba ese tipo de amor por parte de él, necesitaba ese tipo de sinceridad y apertura.
Con el paso de los años hemos ido teniendo conversaciones más profundas, densas y desmaquilladas sobre nosotros, sobre nuestras metas, anhelos, fracasos presentes o pasados. Y nos hemos ido impulsando de poco a poco, tanto así que hasta me propuse estar ahí para lo que sea que él necesitara porque estaba convencida que merecía eso de mi al 100%.
Y eso hice y sigo haciendo.
Mi papá es un gran ser humano, con quizás muchísimos errores cometidos de tanto en tanto a lo largo de su vida y casi 50 años pero con el doble de aciertos y aún contanto.
A mi papá lo amo no porque «es mi papá» sino porque me dejó entrar a los lugares más oscuros de su corazón, me dejó ayudarlo y de paso, se convirtió en uno de mis más grandes amigos.

Cuenta tu Historia