Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

La Gorda

Entonces estaban ahí, sentados donde la gorda.
Él se queda mirándola.
Ella ya no.
Se ha estado cuestionando todo este tiempo si la persona que la acompaña, realmente está ahí en ese momento.
Como si de pronto no fuera ese el caso, sino más bien una astuta jugada de su cabeza.
Ayúdala, es tu oportunidad – piensa una tercera persona, que los observa desde una mesa vecina.
Pero, ¿era él o era ella quien estaba diciendo aquellas palabras borrachas?
Y se quedaba mirándola,
Suspirando,
Mientras la conversación de la gorda y su amiga se escuchaba a lo lejos.
La gorda con sus manías.
La gorda y su amiga.
Y las pañoletas de colores sobre los platos
Dos copas de vino vacías y ellos siguen sentados.
Es una habitación llena de gordas, cuadros, cosas antiguas y más gordas.
Platos así y mesas abiertas.
¿Qué tal? – la gorda se acerca -¿Necesitan algo ?
Ellos indican que no por el momento y siguen conversando.
Entonces, él existe y se planta ahí.
La observa mientras ella sabe que estaba siendo observada.
De lejos.
Muy de lejos.
Después de haber tenido su despedida, ahí mismo entre dos copas de vino y la controversia de las tapas.
Sus ojos se llenan de lágrimas
Es la nostalgia, tal vez,
Es el lamento o no de no haberlo conocido antes.
Pero quien sabe, tal vez el o su presunta inexistencia tenía que aparecer de esa forma, de paso, si, solo de paso, para llevarla donde la gorda, compartir una copa de vino, y empezar de nuevo.
En la vida solo hay que tener, una línea, y uno debe seguir esa línea, tienes que seguir tu línea humildemente. Y la vida te tuerce, te derrota y sientes que debes salir de ella.
La línea es tu rectitud, tu constancia y autocrítica.
Ella ve pasar el tren y no se sube.
Por miedo, o desconfianza.
Nunca debes dejar pasar el tren – le dice la gorda, entrometida como siempre – porque nunca debes evitar ver lo que el destino te ofrece.
Meses después volví a pasar por esa calle donde el restaurante de la gorda estaba, al parecer había quebrado y un restaurante de comida Nikkei había tomado su lugar.
– ¿Y la gorda? – pregunto a los nuevos dueños
– Al parecer no le fue bien y se regreso a Madrid – me dicen.
– Oh, pucha que penita – respondo sin saber muy bien si la pena se debe a causa de la gorda en sí, o de lo que ese lugar me dejó.
Y salgo así, sin gorda, sin pañuelos de colores, sin copa de vino, y aún así, muy pero muy sonriente.

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